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relato de Esther Zorrozua

Ilustración de Pedro Osés

SABOR A ABANDONO




La pequeña Irina sintió que ascendía desde su estómago una bocanada de sabor extraño, como a metal, un sabor frío y áspero. Le recordaba a aquellos días oscuros del orfanato, jornadas en las que el sol no terminaba de salir y el cielo permanecía cubierto por una densa capa de nubes grises, como si alguien hubiese extendido un toldo. En esos días de aire siniestro en que se suponía que el efecto Chernobil campaba por sus respetos haciendo más perniciosas las consecuencias del escape, las cuidadoras del orfanato no les permitían salir al patio, para protegerles en lo posible de aquellas partículas invisibles que seguían envenenando el aire.

Pero irina entonces se escondía en un hueco de la primera planta que estaba junto al cuarto de la limpieza y, cuando los rumores de las voces y de los pasos se extinguían, ella se colaba por el pasillo que corría paralelo a las cocinas hasta ir a dar a una puerta trasera que conducía a las leñeras. Allí se sentía libre para deambular a su antojo, sin ser fiscalizada por los mayores ni observada con curiosidad por otros niños.

 
Entonces, se acercaba hasta la verja lateral del orfanato y lamía con fruición los barrotes de hierro de aquel metal frío y áspero que le traía recuerdos inconcretos, sensaciones más bien, de algo que no conseguía identificar, pero que era bastante desagradable. Luego, pegaba su mejilla a las columnas de hierro, para amortiguar el ardor de aquella mancha color vino que cubría su rostro en el lado izquierdo, desde la sien hasta la mandíbula. ¿La habría abandonado su madre debido a aquella mancha? Y volvía a lamer la verja. Así aprendió a identificar el sabor metálico con el abandono.

Hace quince meses, una familia occidental tramitó su adopción. Desde el orfanato, enviaron una foto suya de perfil, del lado derecho, para que no se le viese la mancha. Entonces, se inició un tiempo que, si no fue gozoso, le permitió olvidar ese familiar sabor de abandono. O eso creía.

Ahora esperaba en la estación de tren, donde había mucho metal por el que pasar la lengua. Su familia adoptiva se había sentido estafada. Habían buscado una niña rusa, blanca y rubia, perfecta; pero la mercancía les había llegado deteriorada y sólo cabía devolverla a origen.

Irina tragaba y tragaba saliva, pero no conseguía hacer desaparecer el sabor a abandono, ese antiguo sabor metálico, frío y áspero, que poco a poco se iba adueñando de todos sus sentidos.

Relato seleccionado por la escritora© Esther Zorrozua, para su publicación en la revista mis Repoelas:




Sabor a abandono


 


Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras