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poema de   María García Romero

LA CÁRCEL



Atravesamos puertas y murallas,

un cancerbero triste las protege

con vocación de juez o de verdugo.

No importa cuántas veces, cuántos años,

ellos siguen juzgándonos canallas,

presuntos asesinos o suicidas.

Este dolor endémico nos hace

carne de muladar para los buitres.

Azucenas y lirios mostramos en el pecho

con un nudo gordiano en la palabra.

Una breve visión, y el orbe hostil

nos ilustra la frente de certezas;

tengo una flor de lis en mis pupilas

y el viento que me empuja

abulta sin querer en mis bolsillos.

Cuando nos dejan solos,

nos volvemos un monte que solloza.

Afuera, sobre un pino de hierro, se reúne

una bandada triste de estorninos.

He contado seis jueces

y una prenda le arrojo a cada uno.

Mis ojos son dos puntos, alfileres,

hormigas asustadas,

un jadeo sin aire, sin embargo,

de mi rostro la máscara, no ha movido ni un músculo.

He sacado el revólver

del corazón

y los he ejecutado sonriendo.

Debí haber dejado uno vivo,

todo reo merece escuchar su sentencia.

¡Lástima!

Cárcel y poesía, nunca son compatibles.

Esa especie de eunucos, adiestrados,

confundieron mi angustia con un hacha,

merecían morir

con la garganta llena de ababoles.

Volveré, dios mediante, con la hoz de la luna.

Premio Internacional, ASEAPO, 2017. Madrid, España

Poemas seleccionados por la poeta © María García Romero, para su publicación en la revista mis Repoelas:


La cárcel


Versos a mi padre



 


Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras