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En
las aguas tranquilas del charquito que dejó la lluvia
de la tarde, cuando llega la noche, las ranas tienen un concierto.
Los niños pueden aún jugar un rato a esta hora
y se divierten tratando de atrapar algún renacuajo.
Al llegar los niños, las ranas hacen silencio y se
esconden.
—No muevan el agua ni hagan ruido.
Nuestro héroe quiere que su charquito esté en
calma. Los demás chicos juegan por todo el patio. Él
se queda allí bastante rato. Los renacuajos a él
no le interesan mucho. Hay algo mucho más interesante
para su juego. Varias estrellas se reflejan en el agua. De
todas hay una que es diferente porque es más grande
y por el color verde. Quiere atraparla, pero sabe que si mueve
el agua no lo conseguirá.
Recuerda como su primita atrapaba las mariposas en el jardín.
Busca la mejor posición y hasta retiene la respiración
para intentarlo. Es muy importante conseguir algo así.
Va acercando su manita con mucho cuidado.
Piensa en la niña de las mariposas. Cuenta en su mente
hasta tres y con fino arte llega hasta su linda estrella.
El leve movimiento del agua asusta a los renacuajos.
Todos los reflejos se distorsionan. Parece que atrapó
algo. Tiene el puño cerrado. Retiene el momento para
no sufrir otra decepción. Escucha una vocecita.
—Es bonita, pero no es tuya.
Se sorprende y trata de descubrir quien le habla.
—Soy yo Raneo, el sapo romántico del charco.
—¿Raneo?
—Todo aquí me pertenece. Esta es mi casa. Tengo
39 esposas ranas y muchos renacuajos. No los se contar, pero
son muchos.
—Esas estrellas también son mías.
—Yo no he tomado nada — dice el niño.
Mira su puño cerrado y se da cuenta que hay dentro
una tenue luz verde. No le gusta el engaño.
—Negociemos.
—No sé lo que es negociar. Lo mío es cantar,
cantar y divertirme con todas mis ranas.
—Acaba de soltarla o vamos a tener problemas.
El charquito está tranquilo de nuevo. El niño
mira atentamente y ve que las estrellas han vuelto pero la
de color verde no está allí.
—Lo que tengo es un cocuyo…
—Nada de cocuyo. Es mi estrella. Eres mentiroso. Te
crecerá la nariz.
Instintivamente el niño se toca la nariz con su mano
izquierda sin abrir el puño de la derecha. Él
quiere mirar su tesoro sin que lo molesten, pero el sapo romántico
no lo deja tranquilo.
—Señor Raneo.
—Ese es mi nombre y me gusta escucharlo. Repítelo
de nuevo y bien despacio.
—Raaaneeeeoooo.
—Me gusta.
El niño toma del suelo a su espalda un pomo de cristal
de boca ancha con tapa que acostumbra usar para echar los
cocuyos. El sapo ahora se siente feliz de escuchar su nombre
y mucho más cuando se lo dicen bien larguito. Se pone
a cantar. Las ranas le hacen coro, los renacuajos del charquito
se agitan de alegría.
El niño quita la tapa del pomo con cuidado y discreción
y pone en su interior el contenido por tanto rato guardado
en su pequeño puño. Al principio solo se observa
algo como una piedrecita común y corriente.
El concierto del charquito continua. Tal parece que el Don
sapo es un poco distraído.
El niño se pone de pie y camina despacio hasta su casa
con su tesoro. Entra a su cuarto y pone el pomo en su mesita
de estudio. Busca un libro de cuentos y se pone a leer. Poco
a poco la piedrecita comienza a refregar su luz verde hasta
llenar toda la habitación.
Mira de nuevo su estrella. Presta atención para saber
que pasa en el patio y solo encuentra silencio. Quita la tapa
del pomo pues piensa que no tiene derecho a tener prisionera
a su amiga.
Se queda dormido con el libro en las manos. Cuando despierta
todo está iluminado con una tenue luz verde, pero el
pomo está vacío. En el charquito del patio comenzó
de nuevo la algarabía de las ranas. El sapo Raneo salta
de alegría y vitalidad mientras entona otra de sus
canciones inventadas.
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