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        María Isabel M. Gilaranz

CUENTOS Y RELATOS

 

LA SOMBRA DE LA BOA
CAPÍTULO 1º


AÑO 1940, Orusco de Tajuña


A Orusco de Tajuña los años de la dura posguerra trajeron hambre, dolor, muerte. Había pocas opciones de sobrevivir, mejor dicho, no había ninguna. Las casas se estaban derrumbado, pocas aún se mantenían en pie, pero había algo que la guerra no pudo llevarse: la inocencia, los sueños, todo menos los sueños.


Los sueños fue una de las pocas cosas que no pudieron llevarse las bombas, las pistolas, la venganza, muerte, en definitiva, los ajustes de cuentas que se produjeron después del horror de tres largos años. En el campo arrasado y soleado que fue el antiguo cementerio, aún se ven las marcas de los disparos, restos de sangre seca, se oyen los gritos desgarrados de los que allí lo dejaron todo. Mario y Elena eran dos de estos jóvenes que jugaban unos pocos años antes, unos chicos sucios con las ropas desgarradas que pensaban que la vida era así, nunca pasaba nada. Unos chicos encuentran una rama caída de un árbol y la cogen. Alguien tiene una navaja y la da forma. En ese momento una lagartija pasaba por allí corriendo.

—Una boa, mirad qué grande —dijo Elena.
—No es una boa, es una lagartija —corrigió Mario.
—¿Sabes tallar una boa en la madera?
—Sí, ¿queréis verlo?

Tras largo rato, la rama se ha convertido en una boa serpenteante con la que juegan los niños, con la que se divierten. Uno de ellos es un mago que con la vara concederá todos los deseos, otro es un maestro dando clase... Mario y Elena se llevan el palo tallado, como un regalo, un trofeo. Al llegar a la plaza ambos se separan, cada uno se va a su casa.

Mario vive con su madre, no sabe quién es su padre, no lo conoce. Alguien le dijo que era un héroe que desapareció, pero las malas lenguas de Resaro no perdonan esas cosas, que era un republicano, un rojo que escapó cobarde cuando pudo, dejando a su madre la vergüenza de estar preñada y sola. Trabajó de criada para unos ricos caciques que la humillaban y mientras, dejaba a Mario con unos vecinos. Ahora limpiaba casas y vivía a duras penas.

Elena tuvo más suerte. Su padre fue condecorado como héroe de guerra. Tiene más hermanos, vive con su madre, su padre y su abuela. Al otro lado de la plaza central, una parte de las tierras fue quemada por las bombas, pero con paciencia y mucho trabajo consiguieron salvarlas, labrarlas por unos jornaleros a los que daban una parte para vivir; sobre todo eso, vivir. Cada día se luchaba por pasar al siguiente, salir adelante.

Mientras, los días fueron pasando lentos, hasta que llegó la primavera. Hacía buen tiempo, los días duraban más, tenían más horas. Mario y Elena pensaban que ese palo tallado sería como una señal. Al llegar a casa lo guardó en un arcón pensando que era un talismán, ni siquiera consideró tirarlo.

—Elena, baja a comer.
—Voy, mamá.
—¿Has visto hoy a Mario?
—Sí.
—Ese chico no me gusta, no tiene padre.
—Papá, no empieces, él no tiene culpa.
—Su madre era una puta que se dejó preñar por el primero que llegó.
—Antonio, por favor.
—No me gusta —dijo su padre golpeando la mesa.

Elena se levantó de la mesa llorando, salió corriendo a la plaza y sin parar fue a casa de Mario. Quería contarle lo que había pasado, que ella no estaba de acuerdo con eso, su madre no era como la gente decía; a ella no le importaba, sólo quería ser feliz. Al llegar a la puerta de Mario llamó con los nudillos.

—Vámonos del pueblo, por favor.
—¿A dónde?
—Donde sea, me da igual. Este pueblo está lleno de odio y rencor, no perdonan.
—Esta noche nos vamos, coge pocas cosas y espérame en la plaza a las 8.

—Está bien, hasta las 8.
—Adiós, amor mío.
—Adiós.

Pero a las 8 no llegó Mario. Elena se quedó esperando y se fue preguntándose a sí misma por qué no había ido. En la mano llevaba una bolsa con poca ropa, lo imprescindible. Con pena volvió a su casa llorando.

A los pocos días oyó en la plaza que Mario y su madre, la puta a la que un rojo cobarde había preñado, se habían ido del pueblo. Un cacique sin escrúpulos les compró la casa en la que vivían por tres reales, una choza medio derrumbada. Pero era mejor huir, allí no les dejarían vivir, sólo pasarían penas, más de las necesarias. Mario quiso explicarle a Elena que él no tenia culpa, que no podía hacer nada, que la vida es así y que no podía hacer otra cosa o ¿acaso iba a dejar a su madre sola?

Pasados unos días sin salir de casa, Elena se notó rara. Su padre mandó llamar al médico. Pensaron que era anemia; la edad, ya se sabe, había poca comida hasta para ellos. El médico se llamaba Luis y era un republicano que se libró de la guerra por salvar a un falangista. En el pueblo se corrió la voz de su heroicidad al ponerse delante del pelotón de ejecución y decir abiertamente que antes tendrían que matarle a él. Se retiraron y los dejaron allí abandonados. El falangista agradecido prometió salvarle la vida cuando tuviera la ocasión. Luis quiso vivir en Orusco de Tajuña y dio su palabra de que nadie le molestaría, y así fue. Acabo la carrera de medicina y al poco tiempo empezó a ejercer en su pueblo.

—Doctor, pase, por favor. Mi hija Elena está mal, decaída, ya sabe, la edad. No come y no sale de casa.
—Déjenme a solas con ella en su habitación.
—Buenos días Elena, soy Luis, el médico del pueblo.
—Sé quién es usted, gracias por venir. No me pasa nada, sólo estoy algo decaída. Las circunstancias actuales no son muy agradables, usted ya me entiende.
—Sí, el caso es que tu padre quiere que te examine. Si no te importa, desnúdate. Te exploraré completamente para poder hacerte un diagnóstico correcto.
—Elena empezó a vomitar y a marearse mientras se desnudaba. No hizo falta que siguiera. Luis enseguida se dio cuenta de lo que pasaba: estaba embarazada. Se lo dijo a ella primero.
—Perdón doctor, enseguida me acabo de desnudar.
—No sigas desnudándote Elena. Sé lo que tienes: estás embarazada.
—No puede ser doctor. ¡Madre mía! ¿Cómo le voy a decir a mis padres eso? Será una tragedia. Usted no lo conoce, me matará.
—Habla con el padre, cásate con él lo antes posible y vete del pueblo o cuando lo tengas di que es sietemesino.
—Ése es el problema, el padre se fue del pueblo ayer. Es Mario, usted tiene que saber quién es, vive con su madre al otro lado de la plaza.
—Sí, sé quién es, pero ahí no puedo ayudarte. Habla con tus padres y verás que lo entienden. Tengo que salir, tus padres empezarán a impacientarse.

Al salir cerró la puerta. Dejó a Elena sola llorando, pensando en su problema.

¿Cómo lo diría? Ya está, se callaría y al día siguiente huiría como Mario. Tendría a su hijo en algún sitio y contaría que su padre murió en la guerra. Total, nadie sospecharía.

En la sala estaban sus padres esperando el veredicto, como en un juicio. Al bajar las escaleras el doctor ni siquiera le dejaron llegar al último peldaño, enseguida preguntaron qué tenia su hija.

—Doctor, ¿es grave? ¿Qué tiene?
—Nada que no solucione el tiempo.
—Pero ¿es grave?

—¿Me permite hablar con su esposa?
—¿Por qué? Soy su padre, tengo derecho a saber —dijo gritando.
—Por favor, insisto.
—Está bien —dijo—. Vayan a la sala de al lado.

Avanzaron por el pasillo. Su padre veía cómo se perdían, preguntándose de qué hablarían, por qué a él no le decían nada. ¿Acaso se estaba muriendo y eso es cosa de tiempo? Un tumor, algo grave, dios mío, no podía ser. Sería un catarro o anemia. A esa edad y en un pueblo tan abandonado la comida no era abundante.

—Señora, lo que tengo que decir no es fácil, pero por ética no puedo mentir y tarde o temprano se van a enterar.
—No me asuste, doctor.
—Déjeme terminar. Su hija, sencillamente, está embarazada. Para marzo, calculo, tendrá el bebé.
—No puede ser. ¿Cómo puede saberlo sin hacerle ninguna prueba?
—Llevo mucho tiempo viendo casos así.
—Dios mío, ¿cómo se lo digo a su padre? De esta que comete una locura. Usted no lo conoce, es capaz de matarla.
—No creo, esas cosas se piensan pero luego no se hacen.
—Doctor ¿le ha dicho quién es el padre?
—Sí, un chico que se llama Mario, que vive al otro lado de la plaza, y que ayer se fue del pueblo con su madre.
—Está bien, gracias por su visita, le acompaño a la puerta.
—Adiós, buenas tardes.
—Adiós.

Quedó pensativa, ¿cómo se lo iba a decir a su padre? La obligaría a Dios sabe qué.

Subió a la habitación de Elena y llamó a la puerta. Quería hablar con ella antes de contar la vergüenza que iban a pasar y asegurarse de que lo que el médico había dicho era cierto.

—¿Qué ha pasado? —preguntó su padre cogiéndole del brazo al llegar a la escalera para subir a la habitación de Elena.
—Nada, luego te cuento. Tengo que hablar antes con Elena. Espéranos en el comedor, es mejor que esté ella presente.
—Insisto, es mi hija. O me dices qué tiene o salgo ahora mismo y le pregunto a ese matasanos.
—Por favor, hazme caso, ve al comedor; no tardaremos nada.
—Está bien. Si en diez minutos no bajáis, me enteraré por otros medios.

Su madre subió a la habitación de Elena y llamó a la puerta.

—Elena, soy yo. Abre.
—Está abierta la puerta.
—Ya me ha contado el médico, ¿es cierto que estás embarazada de ese tal Mario?
—Sí, eso parece.
—¿Cómo fue?
—¿Te lo tengo que explicar?
—No, pero ve pensando qué le decimos a tu padre; en diez minutos tenemos que ir al comedor, o buscará al médico y le preguntará.
—Pues vamos. No me arrepiento del hijo que llevo en mis entrañas. Es lo único que me queda de Mario.
Eso, y un palo tallado con forma de boa.

Bajaron las dos al comedor. Entraron despacio, se sentaron y sin dar rodeos Elena dijo a su padre:

—Estoy preñada de Mario. Para marzo serás abuelo.
—Zorra, puta —se levantó y dándola una bofetada la tiro al suelo—. ¿Has pensado qué va a pasar ahora? No, claro. La señorita que ha vivido entre algodones consintiéndosele todo no ha podido pensar qué va a pasar ahora que esta preñada de un muerto de hambre que ha huido del pueblo. Vete de mi vista.


 

Elena subió al cuarto tranquila por haber dicho la verdad, tarde o temprano se enteraría. Ya era mayor de edad, podía huir de ese pueblo y no volver. En cierto modo sería retrasar la huida. Pensaba irse con Mario sin decir nada a nadie. Por eso, después de valorar su idea, creyó oportuno recoger unas pocas pertenencias, la foto de Mario, el palo con forma de boa y el hijo que llevaba en sus entrañas para huir de ese pueblo miserable evitando que sus padres sufrieran las consecuencias.

A la mañana siguiente se levantó sin hacer ruido y cerró con la puerta con cuidado. De camino se encontró con Luis, el médico. A él le dijo la verdad, rogándole que no dijera nada, si bien se enterarían. Luis quería ir con ella, también quería dejar el pueblo y empezar una nueva vida, y Elena necesitaría ayuda.

Pasaban las horas y empezó a sentir hambre, se paró en un camino y comió un mendrugo de pan que había cogido.

Selección de textos de María Isabel Martínez Gilaranz:
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Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras