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CUENTOS Y RELATOS

 

COMIENDO SONRISAS A SOLAS

Cierro los ojos y vuelve a producirse la secuencia anterior: mi respiración se acompasa, mi frecuencia cardiaca disminuye... Acuden a mi mente imágenes, vagas presencias provenientes de las sombras de los sueños, emociones, descaradas ideas todavía sin inventar, y entonces… ¡Pensamiento intruso! Me levanto de golpe y me incorporo. ¿Qué es lo que causa que me despierte? Mis latidos retumban entre las paredes y mi tímpano jugando un partido de tenis. Puedo ver lo que tengo enfrente: una pared vacía. No hay cuadros, no hay flores, no hay... Aunque la cama y la mesita de noche se dignan acompañarme, ni siquiera he decidido si este será mi dormitorio. Cierro los ojos y escucho: otra vez nada. De repente, echo de menos los ronquidos de papá, los portazos de Miguel y los contundentes pasos de mamá.
Desecho ese pensamiento que me incomoda, ¡fuera!, e intento conciliar el sueño. Tan solo consigo hacer la croqueta; es decir, giro mi cuerpo de derecha a izquierda sobre el colchón como si fuese una fritura que está cogiendo el rebozado. Y es que estoy dando las mismas vueltas que mi cerebro le está dando a todo. Emplea la misma energía tanto en lo importante como en lo superfluo.
Noto la lengua acartonada, parece formar parte del tedioso discurso que se lidia en mi cabeza. ¡Como si se quejara de lo cansada que está por ello! Me levanto a beber un vaso de agua para darle tregua. Justo cuando el borde del cristal se acerca a mi boca, me da por analizar la situación desde una perspectiva diferente, por supuesto, una mucho más razonable: llego a la conclusión de que si bebo demasiado y al final consigo dormirme, despertaré con ganas de hacer pis y no podré retomar el sueño, así que lo suyo ahora es tirar el agua por el fregadero.
Nueva inquietud idiota. Nueva conducta estúpida: coger agua en un vaso y tirarla por el fregadero. Otra vez actuando de manera triste y repetitiva. No se me está dando bien esto de ser sensata, dudo tanto en mis deducciones que parezco imbécil.

Respiro profundo, como si de ello dependiera mi vida, como si eso fuera a salvarme. Puedo escuchar cómo la frecuencia de mis pálpitos va en aumento. Carraspeo. Hay algo que me presiona y va creciendo dentro de mí. Carraspeo de nuevo. «Venga, tranquila. Tú puedes. Racionaliza la situación, contrólate…» Pensamiento intruso. ¡No! no puedo más, creo que voy a escupirlo: ¿Me-me-me si-si-siento so-so-so-la?
Va-va-vaya…, aunque estoy sola, es lo que quería, ¿no? Libertad… ¿O no? E-E-Es lo-lo-lo lo que se-se supone que-que que necesito…, ¿no? Eso es… no-no-no… no puedo… ¡Dios!Ahora, hasta mi discurso interno padece un estúpido tartamudeo dubitativo, no arranca a pensar con fluidez. Quería salir de casa de mis padres, tener mi propio hogar. Pensamiento intruso. ¿Por qué ahora duele?
Comienzo a hiperventilar, mi pecho se mueve sin control. «Párate, piensa, analiza algo, lo que sea, agárrate a lo sensato…» Carraspeo de nuevo, esta vez para proceder mejor en el discurso sobre el análisis de mi recién estrenada independencia: dicen que la libertad de uno acaba donde comienza la del otro. Puede que los humanos no sepamos valorar nuestra libertad cuando no tenemos como referencia el límite de otra persona. Me explicaré mejor: se supone que el área que ocupa nuestra libertad acaba en la de otra persona, pero si no tenemos a nadie cerca, es decir, si estamos solos, y no podemos ver el propio límite de esa otra persona…, ¿cómo identificar el final de nuestra libertad? Se trataría de algo tan inmenso que no seríamos capaces de determinar dónde está el final y dónde el principio, y tan solo podríamos percibir un continuo de algo, sin poder concretar qué es. Algo así como el inmenso espacio. Entonces, ¿necesitamos a otra persona para sentirnos realmente libres? ¿Ver su límite para objetivar el nuestro?
Es increíble el discurso tan organizado que acabo de vomitar. Apenas confuso. Digno de la coherencia que pretendo...
Me estoy metiendo en un bucle tan lleno de racionalidades que me parece estar perdiendo la cordura. Me lío, me hundo, estoy cayendo en un discurso tan sensato y lógico que me está dejando fría. Helada entre copos de excusas para no sentir… ¿el qué? «Te-te-te sientes so-so-sola», me responde el tartamudeo. Vaya, tal vez, ¿esto era lo que me desvelaba?
La palabra «sola» retumba en mi cráneo, fisura los huesos y se filtra inundándolo todo…: «sola». Siento ganas de llorar; en vez de ello, me mantengo firme en el estúpido intento de analizarlo todo para no dejarme arrastrar por… no sé… Pensamiento intruso.
Prefiero jugar con la palabra «soledad». Puedo observar dos términos incluidos en ella: «sol» y «edad». El «sol» es algo que suele producir alegría, que nos calienta y da calidez, lo mismo que una buena compañía. ¿Cómo puede ser tan irónico? Sin embargo, la «edad» es algo que nos asusta, da vértigo, nos gustaría estar acompañados de alguien que venciera a la vejez en un duelo a espadas. Que nos quisiera cada día que pasa más y más y dejara de lado las cremas hidratantes, el botox y la cirugía. ¿Pero por qué buscamos una persona que lo haga? ¿No podemos vencerla nosotros mismos? ¿A solas?
La habitación se impregna de un profundo suspiro. ¿Será posible…?, ¿me ha parecido escuchar eco? Es probable, porque todo está vacío. De nuevo, algo me aprieta el pescuezo y me asfixia. Esa cosa sigue creciendo. Se vuelve dolorosa, ya no me cabe dentro y la expulso por la boca, estrellándola contra la pared vacía. Rompo a llorar. Los sollozos truenan en la habitación con demasiada fuerza, relampaguean imposibles de soportar. Por fin algo maduro, equilibrado, sesudo, coherente y cuerdo: identificar a mi habitual amiga: la angustia. He intentado que ese nudo que subía por mi garganta no estallara, porque parecía algo irracional, sin aparente forma, algo poco coherente; pero dejar que las lágrimas escapen me parece mucho más juicioso que echarle las culpas de mi insomnio a un ser inanimado como el reloj. Creo que voy a romper de una vez con la racionalización y el análisis de las palabras. Empezaré a sentir. Casi mejor me levanto de la cama y dejo de una puñetera vez de pensar.
Me acomodo en el sofá. Tomo aire, tan profundo que siento mis alvéolos vibrar, y enciendo el televisor. Aparece ante mí un canal de música donde suena una melodía celta. Cierro los ojos y escucho la canción. Por un momento me siento bien. Relajada. Los ritmos reconstruyen las grietas que la palabra «sola» había dejado en mi cráneo con la facilidad de un puzle de dos piezas. ¿Cómo puede ser que la música consiga calmar y engañar a mi mente y yo no sea capaz? ¿Contra quién estoy luchando? Es absurdo, porque batallar contra la ansiedad de la soledad hace que te enfrentes a un enemigo tan cercano como descabellado: tú mismo. Es sencillo de entender, no te gusta estar contigo misma a solas, por lo tanto tendrás que aceptar la hiriente verdad: no te gustas nada... De repente, se me ocurre, ya que yo no dispongo de ningún tipo de control sobre esta angustia, que si la música ha calmado mi mente, tal vez el agotamiento físico también pueda hacerlo. Pensamiento intruso.

No puedo creerlo, son las cuatro de la mañana y estoy practicando footing... Esto ya es de locos, o patético, el hecho de subir y bajar las escaleras comunes del edificio. Estoy tan egocéntricamente involucrada en mi ansiedad que soy incapaz de creer que algún vecino pueda verme. Algo bastante probable, por cierto. Y es que la ansiedad te quita la inteligencia de golpe y porrazo. Estaba dispuesta a salir al parque; al final no me he atrevido a cruzar el portal; a estas horas es peligroso ir por ahí sola, así que aquí estoy: triste y sucesivamente, repetidamente, subiendo y bajando las escaleras comunes. Estúpido acto autómata y desesperado de una noche de insomnio. Voy en escalada; respecto a lo de estúpido, me refiero.
Entonces, mis recientes temores se cumplen. Me falta el aire cuando veo a uno de mis vecinos, un piso por debajo, intentando introducir la llave en la cerradura. Es joven, tal vez algo mayor que yo.
Por favor, por favor… que no me vea… Tarde. Levanta la cabeza y me observa, con una mirada inyectada en sangre, apenas pudiendo enfocar. Sin ni siquiera inmutarse ante mi presencia, vuelve a su imposible labor de abrir la puerta de casa.
¡Joder! ¡Joder! ¡Qué vergüenza! Ya no hay tiempo para esconderse. ¿Podría disimular? ¿Y si finjo…? ¡Pero qué vas a fingir! Si estás a las cuatro de la mañana vestida con tus mejores galas: unas mallas de correr, un top de deporte y un estúpido coletero. Sudada, enrojecida..., ¡subiendo y bajando escaleras! ¿Me habrá visto hacerlo? ¿Creerá que estoy como una cabra? ¿Que las mallas me quedan demasiado ajustadas? ¿En qué estaría pensando? Apenas conozco a mis vecinos; estoy segura de que a partir de ahora se dirigirán a mí como «la loca de las escaleras»… Puede que «la gorda de las mallas» o… mejor… «la maratoniana agorafóbica»… Pensamiento intruso.
¡Pero hombre, Eloísa! ¿Cómo se te ha olvidado que la población mundial es de unos siete mil millones de personas y que normalmente a menos de veinte metros siempre se encuentra una? Para bien y para mal. Si es que la ansiedad te elimina la inteligencia de un batacazo. Y sigo en escalada hacia la máxima estupidez, porque no se me había ocurrido que a las cuatro de la mañana de un jueves pudiera haber nadie despierto; creía que todos estarían dormidos en un profundo y placentero descanso, que todos, menos yo, disfrutaban de lo que más anhelaba en ese momento: el sueño… Es impresionante lo egocéntricos que podemos llegar a ser. ¿Cómo podemos sentirnos tan solos con tanta gente alrededor?
El borracho aprieta los ojos y, desistiendo en su tarea de abrir la puerta, intenta enfocar mi imagen. No sé por qué demonios me he quedado tan bloqueada. Se me ha olvidado reaccionar. Sigo jadeando, por culpa del resultado de la suma del ejercicio físico, la sorpresa y mi capacidad de autocrítica. Por fin, decido dar media vuelta hacia la seguridad de mi solitario hogar. ¡Mira! Ventajas de estar sola, puedes hacer el ridículo dentro de cuatro paredes sin que nadie te vea. Puedo esconderme.
Entonces, aquel hombre me echa un silbido y añade:
–¡Pero qué culo!
Me quedo estupefacta y paralizada. ¿Pero «qué culo»? ¿Quién? ¿Yo? Incluso me lo miro de perfil. Bueno, tal vez no esté tan mal. Las mallas lo marcan bien… La curva que dibuja con mi espalda es acentuada… Un ruido me saca de mis principiantes valoraciones positivas: el vecino, borracho como una cuba, se ha golpeado con la cabeza en la puerta y se ha quedado apoyado sobre esta, dormido, de pie, y sin completar con éxito su tarea de entrar en casa.
¿Huyo?, no debería ser tan ruin. Bajo despacio las escaleras, no quiero aproximarme a mi destino fatal. Al acercarme a menos de un metro, no puedo evitar dibujar una mueca de asco: huele a una mezcla de alcohol, vómito y orina. Lo balanceo suavemente, agarrándolo del hombro. No se despierta. Lo zarandeo un poco más fuerte, él entreabre los ojos:
–Tienes unos labios preciosos –dice.
Se golpea de nuevo contra la puerta, esta vez con mayor sutileza, y vuelve a quedar medio inconsciente. Todo es un desastre; observo con horror que una baba comienza a acercarse a la comisura de su boca. Miro a mi alrededor buscando ayuda. No hay nadie, de nuevo sola. Vuelvo a zarandearlo, nada. Con verdadero y nauseabundo asco, me veo obligada a hacer algo, así que paso su brazo por encima de mi cuello, con la otra mano termino de meter la llave en la cerradura y abro la puerta. Con esfuerzo consigo llevarlo hacia el interior, él me ayuda con pasos descoordinados. Logro tumbarlo en el sofá. Al volverme, no puedo evitar echar un vistazo a la casa, todo está en el más absoluto orden. La decoración es sencilla pero elegante. Como si solo se hubiera parado a pensar en ello unos pocos minutos, y pese a todo hubiera acertado de lleno. Saco las llaves de la cerradura y las dejo en una mesita del vestíbulo. Cierro la puerta y comienzo a subir las escaleras. ¿Cómo una persona que aparenta tanto orden en su casa, en sus cosas… puede estar tan desordenado por dentro? Me doy un respiro y me permito tener un pensamiento algo más amable, que me dice con cariño: «¿Por qué estás preocupada por tu imagen, cuando él está borracho como una cuba, y apenas es capaz de mantenerse en pie y oliendo a orines?»
Una vez en casa, no tengo intención de dormir. Estoy demasiado nerviosa como para intentar relajarme de ninguna manera, así que creo que es mucho más coherente emplear mi tiempo en algo productivo. ¡Me pondré a leer!
Mi madre lleva tiempo hospitalizada. Los médicos no conocen la causa de su dolencia, pero están a punto de darle el alta tras su mejora. La incertidumbre, el hecho de carecer de explicación para su enfermedad, me produce cosquillas en la tripa y, por más que me rasque, no consigo que desaparezcan. Me duele pensar que ha estado realmente mal. En esos momentos, cuando incluso pensábamos que podía morir, estuvo leyendo este libro que ahora tengo entre mis manos. Estaba tan inmersa en él que no lo dejaba por mucho que los médicos le hubieran pedido que reposase, como si fuera lo último que quisiera hacer en esta vida. Una tarde en la que se sentía realmente mal, y estando las dos solas en la habitación, me pidió que lo leyera, y lo hizo con alarmante insistencia.
Tomo el libro y lo observo. No me había fijado con detalle en él hasta ahora: la tapa es vieja y no hay nada escrito en ella, solo unos dibujos decorativos con formas infinitas en espiral. Los bordes parecen roídos y las páginas se ven amarillentas. Me produce gran curiosidad y excitación; da la sensación de ser algo valioso, algo importante y antiguo. Como si tuviera entre mis manos una reliquia o un secreto. No se nombra al autor y, para mi sorpresa, al abrirlo veo que está escrito a mano, con pluma y caligrafía antigua, temblorosa... Ahora que mamá se encuentra bien, podré preguntarle sobre la procedencia y por su imperiosa necesidad de tenerlo. Comienzo a leer.

    Alona Solís se sentaba en el alféizar de su ventana, escuchando el tran-tran de los carromatos tirados por caballos. Su amplia mirada, sus ojos panorámicos, lo observaban todo y con cada parpadeo memorizaba el mundo exterior. Lo que mejor se le daba era guardar recuerdos. Siempre establecía dos clasificaciones: recuerdos de color azul como su iris y recuerdos de color negro como su pupila. Sabía que estaba sola, y que debía sentirse así, pero aún no le había dado tiempo de asimilarlo, no había sido capaz de reconocer que no tenía a nadie en este mundo.
    Abrió los ojos y observó a una mujer de rubia cabellera. Recuerdo de color azul..., su madre tenía el pelo dorado y brillante, que ataba graciosamente en una coleta para trabajar. Parpadeó.
    Reconoció el banco de enfrente..., recuerdo azul..., su padre trabajaba en él. Parpadeó.
    Divisó las tiendas de verdura y fruta. Recuerdo azul..., había jugueteado en muchas ocasiones con las piñas, como si fueran sombreros exóticos. Parpadeó.
    Observó el horno de fuego de la panadería. Recuerdo negro..., el fuego vivo, chispeante, abrasador, indomable y fiero. Parpadeó dos veces.
    Vio el humo que producía la chimenea de las casas en invierno. Recuerdo negro... El humo le había impedido encontrar la salida en ese infierno de llamas y la había introducido en un profundo sueño en el que solo podía escuchar cómo la llamaban de entre las sombras. Parpadeó tres veces. No podía olvidar los alaridos de sus padres compitiendo por gritar más alto que los chillidos de las chispas del fuego. Las imágenes de aquel recuerdo acudían con una viveza punzante. Cerró los ojos y decidió no volver a abrirlos nunca más. Cualquier recuerdo le dolía: los azules rabiaban, los negros rasgaban.
    Entonces llamaron a su puerta. No se dio la vuelta, ni abrió. Se quedaría petrificada de por vida. Ni siquiera volvería a parpadear. Así lo había decidido.
    –Alona, querida –se escuchó decir a la señora Pody–. Tienes una visita… Pase, señor. No está muy habladora, pero es buena chica; ya sabe, tan solo tiene diez años. Nadie tan joven debería haber sufrido tanto. ¡Pero es fuerte! Sí, señor, ¡lo superará! –Sollozó mientras salía de la habitación, entre vocablos tristes e incoherentes–. ¡Ay, Dios mío, qué terrible desgracia! A veces una se pregunta por qué suceden estas cosas tan horribles...
    La señora Pody, una mujer de origen inglés, tendía a hablar sin cesar. De aspecto rollizo, como si se pudiera reposar blando sobre ella, era la ternura personificada; aunque en ocasiones, se mostraba tremendamente inestable tanto en el contenido de su discurso como en sus emociones, altamente expresadas. Llevaba el pelo enmarañado y solía sudar a menudo, pero su olor era el de una bandeja de galletas recién hechas. Se trataba del ama de llaves de aquella casa, y ahora también de la única persona responsable de la niña.
    Alona quedó a solas con el desconocido; aquello no cambiaba nada, lo había decidido, nunca volvería a abrir los ojos. Cualquier otra actitud diferente a aquella cómoda anestesia dolía. Por ello, miraba con los ojos cerrados por la ventana, indiferente a la vida.
    Moret Moyano entró en la habitación y observó a la niña sentada de espaldas a él. Lo que a continuación ocurrió fue dirigido por la intuición, por la captación de detalles que se alejan de lo evidente para presentar lo más dulce de la vida: la sorpresa. Alona, a pesar de su resistencia a creer y esperar, sintió una presencia increíblemente serena. Algo que le producía vibrantes cosquillas. Abrió los ojos y se le erizó el pelo. ¿Quién o qué podía causar un segundo de paz en aquellos momentos? ¿Quién le producía una emoción cuando evidentemente estaba anestesiada, incapacitada para sentir? ¿Quién luchaba contra la desesperanza y el dolor por ella? ¿Quién vencía a sus ganas de no existir? Se giró y lo vio. No era el aspecto, era su aureola lo que le definía. Tal vez su fragancia, tal vez aquello que no destacaba visible. Se miraron.
    Los ojos de Moret eran de color marrón. Extrañamente claros, casi transparentes, enormes y con pestañas de avestruz. Parecía no existir una palabra adecuada para describir su mirada. Tenía algo que decir y algo exquisito que ocultar. Alona no era capaz de resolver su mensaje, y la curiosidad era tan inquietante que por un segundo se olvidó de los recuerdos negros y también de los azules. Él pareció darse cuenta de todo, ser conocedor del universo y guardar tras de sí un gran secreto. Sin decir nada, salió de la habitación y bajó con paso sereno las escaleras. Alona escuchó al detalle el crujir de sus pisadas; alrededor, todos los demás estímulos habían quedado embotados.
    Antes de que la señora Pody volviese a su habitación, sabía lo que iba a pasar. Él ya se había encargado de decírselo nada más marchar, sin ni siquiera utilizar palabras: la acogería. Lo cierto era que Alona no entendía de palabras, prefería observar, y él le habló en el mismo idioma. La señora Pody insistía:
    –Alona, querida… –Se aclaró la garganta y cogió aire antes de continuar–. Sabes que, después de lo que ha pasado, no podemos seguir así. Ahora debo cuidar de ti, pero mucho me temo que no tenemos recursos. Me he puesto en contacto con una vieja conocida. Sirve para el señor Moyano y le ha hablado de nuestra situación. Es un hombre muy generoso y nos ha ofrecido un lugar donde vivir con comodidad a cambio de que trabajemos para él. Tus padres no pudieron dejarnos el suficiente dinero como para que ahora podamos subsistir solas...
    La mujer reemprendió su suave e incesante sollozo, abrazó a la niña y salió de la habitación. Alona volvió a dar media vuelta y, sin permitir lágrimas en sus ojos, permaneció el resto del día asomada al alféizar de la ventana. Esta vez, decidió mirar con los ojos abiertos: recuerdo azul, recuerdo negro, recuerdo azul, recuerdo negro...
Texto correspondiente al primer capítulo de Comiendo sonrisas a solas, de la novelista Tadea Lizarbe, finalsta del premio Planeta, para la revista mis Repoelas.
(Esta obra se encuentra protegida en el Registro Nacional de los Derechos de Autor)


Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras