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relato de Marisa Lozano Fuego
CAPERUCITA ES UN NÚMERO PRIMO

Caperucita tiene veintimuchos.Quizá treinta. Está en esa franja de edad dudosa en que las caderas se balancean con curvas no tan peligrosas, comienzan a notarse las arrugas en las comisuras de los labios…y el corazón ya tiene remiendos antiguos, a golpe de resaca y antiojeras.
Caperucita ya no cree en el Príncipe azul, añil ni morado.
Está en esa posición reivindicativa de mujer liberada y feminista que la época impone, so pena de ser acusada de mujer anulada y sumisa, posible carne de maltratadores, vergüenza y escarnio para su propio sexo.
Caperucita debe depilarse todos los días, exfoliarse la piel a fondo, machacarse dos horas de gimnasio, y estar a punto para su trabajo de oficinista, como una máquina veloz y aséptica.
Caperucita es un número primo.
Piensa cada mañana en cortarse las venas con estilo, hacerles reflejos morados y exponerlas en un escaparate, sobre un lienzo, para lucir como una obra de arte.
Quizás así, alguien pueda hacerla famosa, repitiendo su nombre en las revistas del corazón.

    Parece ser ésta la única forma de legitimar la propia persona en este país, ávido de talentos y enseñanzas nuevas.
    Caperucita siempre cena una tortilla de Trankimazines, se enchufa el vibrador a tope quince religiosos minutos…se unta de cremas y se pone rodajitas de pepino en los ojos.
    Trata, durante al menos una hora, de conciliar el sueño. Nunca lo consigue, y entonces camina hacia el frigorífico, se atraca de manzanas y yogures (porque las calorías en su casa están prohibidas), y se duerme en el sofá, a la luz de la penumbra y la Teletienda.

    Se despierta helada y desnuda. Se ducha en agua hirviendo y recoge su dorada melena en moño alto. Apretuja sus curvas en un pantalón oscuro de Zara, mocasines planos y una blusita color crema.
    Se pone la americana cruzada, coronando sus firmes pechos, y baja corriendo a tomar el metro.
    Allí se agarra muy firme a la barra, y observa al resto del rebaño.
    Sonríe de medio lado, con su perfecta dentadura Profident.
    Observa a los currantes a los frikies, a los mendigos elegantes, a los “ninis” treintañeros, a las mujeres con bigote y a los mariquitas con salero…en cada una de sus caras se refleja su propio rostro, cual si fuera un espejo.
    Se siente anónima, perdida, transparente.
    Baja del metro.
    El pálido y frío sol de Marzo se refleja en su cabellera. Los párpados se le congelan.
    La piel se le cuartea como la de un lagarto ante la escarcha.
    Pone un pie delante del otro. Aún se acuerda, por fortuna, de caminar.
    Observa los escaparates y para ante Massimo Dutti…deseando sustituir al maniquí que posa, rígido, con un precioso conjunto de Primavera.
    Le suena la alarma de los móviles la hora.
    Caperucita tira de su bolso, y echa a andar, más resignada que resuelta.
    En la esquina, observa a una perroflauta que interpreta canciones de Sabina con algo parecido a una guitarra. Lo mira, como hipnotizada. Le arroja dos euros.
    De repente, algo la estremece. La derriba.
    Se encuentra tendida en el suelo…los ojos en blanco y la falda subida hasta los muslos.
    Y un círculo de transeúntes en derredor, observándola con ansiedad.
    -“¡Es un infarto!”- dice alguien.
    Ella finge no oírlo. Sólo le apetece reposar un par de días en una limpia cama del Puerta de Hierro…comer comida precocinada y dormir, dormir hasta borrar todo recuerdo de sus sentidos. Suspira. La ambulancia viene. Un hombre la eleva en camilla, comentando su escaso peso.
    Entre las luces y el tráfico, Caperucita se vuelve palpitante, roja, morena.
    Se le despeina el pelo y se le corre el rímel. El carmín emborrona su carita como la de un payaso al final de la última función.
    Su pecho late, vibrante y lascivo. Empieza a percibir los sonidos, los olores, las texturas.
    Caperucita ya eclosiona. Es casi humana.
    Con un suspiro satisfecho, como el run run de una gatita en celo, se acurruca.
    El enfermero le toma la mano.
    Ella se abandona a ese cálido y mareante bamboleo de la ambulancia que la lleva…y le recuerda al de aquel autobús azul que de niña la conducía, pesado y seguro, al colegio.

Selección de poemas y relatos de © Marisa Lozano Fuego , para la revista mis Repoelas:






Me nace un poema….

Amor nieve ~ : ~ Bicolor ~ : ~ Carnívora ~ : ~ Bautismo ~ : ~ Mírame

Un frasco de paciencia ~ : ~ Clinc ~ : ~ Una nada por navidad


A Blancanieves le falta un enano ~ : ~ Muerte en azul

Caperucita es un número primo ~ : ~ La tienda esperanza ~ : ~ ¿Y qué?

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Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras