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relato de Marisa Lozano Fuego
LOS POETAS COMEMOS

Hola, mi gente.
Me gustaría reflexionar sobre un tema que creo que todos tenemos presente, pero a algunos se les olvida...
Los poetas comemos.
No subsistimos a base de aire, de moléculas transparentes, de melancolía.
La poesía no paga facturas, no te compra víveres, ropa, no te acuna por las noches si hay frío.

Es romántico pensar que los poetas (permitidme la licencia, una persona que se dedica a la fontanería se llama fontanero, uno que opera cuerpos se denomina cirujano, y los que escribimos poesía, mejor o peor, nos llamamos poetas, válgame la inmodestia, porque a algunos les parece un término presuntuoso, pero es mera denotación) somos unos seres etéreos, una especie de bohemios flower-power que vivimos de aire y versos, que regalamos fantasía y que los euros nos nacen en el escote o en los pabellones auditivos.
Pero no es cierto.

    ¡Cuán materialista! Diréis, esta chica que parece tan libre, que escribe sobre humanidad y solidaridad, qué malqueda, qué vendida...lo siento.
    Me curro mis poemas con sangre y lágrimas, escribo desde pequeñita y me comía todos los libros de mi abuelo, pasaba horas enterrada en los clásicos, leía revistas, leía cuentos, leía en el baño, en la cama, en el parque, leía lo que caía en mis manos y me dejaba la vista y el alma.
    Me enseñaron a querer los libros más que la ropa, más que a las personas, porque las personas se van y los libros quedan, allí tiernos, en los estantes, siempre fieles y esperando a que vuelvas la página.
    A los tres años tenía un saco lleno de pedazos de cuentos, mis padres sacaban una oreja del Lobo y yo recitaba de memoria Caperucita. Cuando se cansaron de leerme por las noches, un cassette de Fisher Price y una colección regalo de mi abuelo custodiaron mi sueño.
    Mi abuelo era humilde, en tiempos de guerra cambiaba trozos de pan por libros, paseaba a sus compañeros en barca y se pagó la carrera a base de clases particulares y becas. Llegó a ser inspector de enseñanza media, publicaba libros de texto y era digno, una persona estupenda que ayudaba a todo el que tenía necesidad de saber. Su biblioteca era su riqueza y ni siquiera le importaban los trajes caros, los coches o ningún otro lujo.
    Mi abuela estudió la carrera, clásicas, conducida por él, ambos dieron clase a alumnos que después les escribían largas cartas.Un alumno de mi abuela se hizo Poeta, y le dedicaba sus libros.
    Mi madre hizo Filosofía y letras y luego se pasó años rompiéndose los cuernos en un instituto donde enseñaba inglés a rapaces que tiraban botas en clase y no conocían la diferencia entre "whore" y "hole", ni entre "carrot" y "parrot". Ella disfrutó como una enana porque amaba la enseñanza, al igual que sus padres, y porque si un alumno que suspendía todo lo demás sacaba con ella sobresaliente y aprendía a amar el inglés, se sentía reconfortada.
    Mi abuelo murió cuando tenía yo ocho años.
    Jugábamos partidas de Trivial Pursuit, intentaba enseñarme fracciones y raíces, estimulaba mi imaginación pequeña y me desmontaba los mitos con explicaciones amables, científicas, doctas. Una vez me escondí bajo la cama porque me rompió el mito de las sirenas y me enfadé. Se sentó sobre el edredón y me dijo que todas las cosas tenían una explicación, y no por ello eran menos interesantes y hermosas.

Selección de poemas y relatos de © Marisa Lozano Fuego , para la revista mis Repoelas:






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Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras