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LA BATALLA

Como un pequeño rinoceronte, entre la hierba y los desperdicios, la gota oscura del escarabajo pasa interrumpiendo el tránsito de lo mínimo. Recto e invariable, aquel pétalo duro, camina envuelto en su paréntesis opaco. Aplasta migas, piedrecillas, pequeños charcos de vidrio molido, papeles amarillentos como si fuera una Q mayúscula.
Cerca de ahí, sin sospechar la desgracia, teje una araña su poncho transparente. Una malva chascona es su territorio. La gris tejedora lleva de rincón a rincón su ovillo lunar. Es hermoso aquel laberinto del hambre. Al llegar la noche abrirá su tramado y en esa platería caerá el insecto, víctima de aquella devoradora.
Imperturbable, el sextípedo mamut de lo invisible, su majestad el escarabajo ha continuado su marcha. De pronto la dificultad: Un caracol transitorio aparece desde un tallo húmedo. Ciegas y rectas, ambas latitudes se dirigen a una colisión inevitable. Un paso, dos, otro más y están cabeza a cabeza. No hay retroceso, ninguno vacila; parecen dos minutos detenidos. Como dos pausas permanecen absortos. Entonces el caracol, como quien examina lo inútil y sin importancia, extiende las antenas y palpa a su rival. Las patas delanteras de nuestro héroe, desde su duro rincón, sopesan también al húmedo contrincante.
Los enemigos se recogen en sí mismos y la incertidumbre comienza. Pero no hay asalto. Es una batalla de paciencias. Se mantienen frente a frente, inmóviles, desvinculados del tiempo. Recordar el futuro es el primer signo de la derrota. Sólo hay que estar, permanecer. La impaciencia de uno es la espada del otro. El tiempo es el verdadero enemigo y el contrario su accidente.
Planteado así, el primero que desvíe su ruta será el vencido. El ganador continuará su trazada rectilínea hasta ser derrotado, a su vez, por alguna estructura más definitiva, piedra, lata o botella indiferente a toda persistencia y que lo obligue a cambiar de rumbo. Pero este no es el caso. ¡Hay una batalla aquí!
Pasan los minutos. Los zapatos de la penumbra humedecen el crepúsculo. Ajena al acontecer, y separada por un mundo casi estático, la araña prosigue su red invisible. Sus pétalos de vidrio se anudan a ras de tierra. Los dos enemigos parecen dormir. De vez en vez, el caracol extiende su conocimiento y palpa la posible huida del coleóptero. ¡No! ¡Aún esta ahí! Rato después, surgen dos escarabajosas patas y recorren el óvalo del condominio viajero. ¡Sí, todavía continúa en su lugar! ¡Hay que esperar sin esperar nada!
Cae una hoja. El tren de lo nocturno comienza su travesía. Algunos pájaros se visten de negro. El primer carboncillo de la noche se instala en los grandes árboles. Las hormigas sumergen sus lamparillas rojas. Como un silencioso pelotón la araña acecha; su terminada obra es un túnel imprevisto y, en él, todo el azar de la muerte yace dispuesto. Los rivales continúan su táctica del aburrimiento.
Ruidos, voces, una población de sonidos remece lo sombrío. El caracol antena las vibraciones del aire. Cruje el silencio, caen piedras sin destino y el escarabajo, desde el fondo de su armadura, lo presiente sin ver. – ¡Aquí papá, aquí hay una! Los enemigos se observan, nadie huye. Pero el sonoro racimo está demasiado cerca. – ¡Sebastián, la linterna! ¡Se escondió bajo la piedra! – – ¡No te muevas, Rocío, se puede espantar! –
Repentinamente, una sombra aplasta las hierbas cercanas. Un ojo amarillo ilumina la batalla y ambos rivales escapan asustados, voraces de miedo.
Ante la emergencia, sin mutuo acuerdo, abandonan la custodiada ruta y se desvían sin rumbo. No hay defensa frente a lo ignoto. El caracol se pierde en lo oscuro. La brújula del pánico guía al desconcertado escarabajo. Todos los caminos son posibles.
La araña, reconcentrada en su apetito, no se ha enterado de nada. Su mundo es un círculo hambriento. Y, de pronto, como una aplanadora, resoplando, el escarabajo irrumpe el anillo de la muerte. Caen hilos, pedazos, la tela destrozada bajo la carga del breve coloso. La araña huye como una chispa negra. La noche es para ella un estómago vacío.
Las voces se pierden. El silencio restablece sus columnas rotas. Los insectos entran y salen por el surtidor oscuro de la malva. El aire interroga alas perdidas.
 

Poemas y Relatos de © Ramón Rubina Gajardo, seleccionados por el autor para la revista mis Repoelas:





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Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras