| MADAME
BOVARY |
Después de tomar
el mate, se reclinó sobre el respaldo aterciopelado del sofá,
y continuó enfrascado en la lectura de Madame Bovary.
Se metió (no quería hacerlo, no debía, pero ya era
tarde) en la aparición repentina de la mujer en el almacén
del boticario del pueblo. Y era como si él también se hubiera
metido, anhelante, deseoso del veneno, empujado por la desesperación
de la vida que sale zumbante del carril.
A medida que el libro lo arrastraba, lo contaminaba, le venía una
sensación de ser llevado por un tren a un destino tan injusto como
inevitable.
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Podía ver desde la ventanilla los tramos finales, aquellas últimas
casas cuyas chimeneas despedían un humo negruzco, las golondrinas
del crepúsculo buscando las ramas de los cipreses y de los robles,
un hombre (con una lámpara en la mano) observando a la máquina
viajera desde el umbral de una puerta.
Sintió náuseas.
Se levantó, tambaleante,
con una terrible presión en la cabeza, y descargó un vómito
en el patio.
La señora que hacía la limpieza de la casa y preparaba la
comida además de dar alguna conversación sobre el clima
cuando los bichos de luz rondaban el alumbrado público, le habló:
“¿Se siente bien, señor?”.
Y él le dijo que no. Y le pidió un té de manzanilla.
Y el té vino rápido y excesivo. Y también el “Cuídese,
señor. Si viera la cara de enfermo que tiene”.
“Esta es la segunda vez”, pensó Julio Castel.
Un ave nocturna chistó.
Se acostó, y con la cabeza colocada sobre la almohada que olía
a lavanda, a frescura, y el ánimo ya recobrado, se dijo, se mintió,
que mañana seguiría leyendo “Madame Bobary”.
El amanecer le llegó de golpe. |
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El libro, que estaba con las páginas
abiertas sobre el piso, le pareció un insecto, una araña,
algún ciempiés desembascarado. Llamó a Juliana, que
ya tenía preparado otro té de manzanilla y un vaso de agua,
por si las moscas, y le pidió que se lo llevara lejos y lo enterrara.
Ninguna objeción.
Ningún comentario.
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El patrón era normal, pero tenía la cabeza al revés.
Nunca más finales tristes.
Nunca más ella, con los ojos caminados por la sombra de la
muerte, perdiéndose en la distancia, y él observando,
sin poder hacer nada, desaparecer el carruaje con el objeto de su pasión
adentro. O él (otro él, otro personaje), enfermo de celos,
decidido a disparar su revolver contra ella, quien intentaba, con el
rostro pálido, explicarle que el hombre solamente había
venido a su cuarto, interesado en su catálogo de mariposas (o
algo así, o mejor, una excusa más creíble), pensó
Julio Castel.
Siguió leyendo libros. Cinco, seis. A Juliana siempre le había
parecido rara la gente que leía.
Cortaba la lectura en donde se le antojaba. Y luego se iba a silbar
y mirar a los canarios en su jaula; así le venía la sensación
de que daba un poco de claridad y libertad a las aves.
Margarita Pineda, su vecina, le pasó por sobre la muralla un
libro, una tarde.
“Te gustará. Lástima el final. Yo no sé qué
es eso de que la gente venga a morir al terminar la lectura. Manga de
amargados, los escritores. ¿Verdad, Julio?”, dijo.
Al día siguiente, después de volver de la oficina, corrió
las cortinas, y se sentó en el lugar de siempre, para leer la
novela prestada.
Las palabras, las frases, las sugerencias, el ambiente mal iluminado
del bar donde un joven pecoso (era el personaje central) estaba terminando
de beber su cerveza, las risas que llegaban desde las mesas donde los
hombres intercambiaban bromas, aún los números de las
páginas, apuraban la decisión del joven que se largó
del bar, salió a la noche, y, silbando alegremente, se dirigió
a la boletería.
La vio y quedó deslumbrado. Ella, delgada, hermosa, con su traje
celeste, giraba cual trompo sobre la pista de hielo. Y al girar era
como si fuera una flor rara que se abría lentamente.
Julio Castel suspiró convencido y cerró definitivamente
el libro.
Algunos días después, Juliana observó embobada,
mientras hacía la limpieza de la nueva galería de juguetes
de su patrón, aquella bailarina (su tutú era celeste)
de una cajita musical. Le daba cuerdas y bailaba, girando sobre sus
pies. No. No era tanto la música... Era un no sé qué
casi humano, quizás triste en su expresión. Su diminuta
expresión de pequeña bailarina. |
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Selección de poemas Y relatos de
© Delfina Acosta, cedidos por deferencia de la autora,
para la revista mis Repoelas:
La rosa dura
Madame Bobari
El contrato
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