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POETAS Y ESCRITORES ENTREVISTADOS

 

ENTREVISTA A LA ESCRITORA ANA PATRICIA MOYA


REALIZADA POR:
ADOLFO MARCHENA

La escritora Ana Patricia Moya
(“Mientras quede algo que contar”)

Ana Patricia Moya (Córdoba, 1982) es auxiliar de instituciones culturales. Ha trabajado como arqueóloga, documentalista, diseñadora gráfica, correctora de textos, etc. Autora de varios libros, los más recientes, La casa rota (Versátiles Editorial, 2019) y Carta de Ajuste (Editorial Groenlandia, 2020). Ha colaborado en distintas publicaciones, digitales e impresas, hispanoamericanas y europeas; también ha sido incluida en diversas antologías. Ha obtenido diversos premios por sus obras. Actualmente, coordina el proyecto literario No es país para viejóvenes, junto a Manuel Guerrero Cabrera. Pronto publicará el poemario La balada de la soltera.

Adolfo Marchena: ¿Es la literatura un camino sin retorno?

Ana Patricia Moya: En mi caso, siempre está ahí, para acompañarme. No es lo más importante de mi vida. No es mi forma de ganarme el pan. Nunca lo ha sido. Leo y escribo cuando me apetece. Eso sí: si algo bueno llega gracias a la literatura, bienvenido sea.
Hace tiempo, un poeta andaluz que falleció prematuramente me confesó a través de un mensaje: “no sólo es cuestión de esfuerzo, es también suerte”. Efectivamente: si la suerte no aparece en el momento idóneo da igual lo mucho que te lo curres. Que no me vendan la milonga de que con tesón y voluntad todo se consigue. Es como jugar a la lotería. Y en literatura, el camino es escarpado si decides hacerlo en solitario, confiando ciegamente en lo que haces y esperando a la suerte en cada rincón. Muchos abandonan por la falta de oportunidades, y es comprensible. Pero seguro que su dignidad está intacta.

A.M.
: ¿Qué perspectivas tenías cuando te adentraste en el terreno de las letras?

A.P.: De adolescente, tenía las típicas ilusiones: publicar algún libro, conseguir algún premio, etc. Han transcurrido los años y mi manera de ver las cosas ha cambiado radicalmente. Admito que soy afortunada: he conseguido algunos logros de los que me siento muy orgullosa, pero no son suficientes, y tengo la sensación de que merezco más. Es cierto que una gran parte de los empleos que he conseguido tienen relación con los libros: por eso, muy agradecida de estar en contacto con algo que me apasiona desde pequeña y, encima, con nómina.
Actualmente, me presento a certámenes tan sólo por los incentivos económicos: publicar está sobrevalorado. Aparte, en ciertos premios, las batallas de egos me espantan: la literatura es un pastel y sus trozos ya están bien repartidos. Existe una competencia brutal, especialmente, entre poetas muy jóvenes, que no tienen pudor alguno en reproducir los mismos esquemas de poder que los que controlan la jerarquía cultural, y más si tienen cierta representación institucional o apoyo mediático. ¿Qué expectativas puedes tener en este estercolero? Es terrible el mal rollo que desprenden algunas “élites” o grupúsculos, sobre todo, en las redes sociales.

A.M.: ¿Cómo definirías el oficio de escritor?

A.P.: Escribir es un oficio solitario y con futuro para unos pocos privilegiados. Insisto: que he tenido la inmensa suerte de trabajar en asuntos relacionados con el mundo de las letras, no puedo quejarme, pero vivir de la literatura es imposible. Rogar un salario por escritor de novelas, relatos o poemas es absurdo, a no ser que estés en escalafones elevados del sistema cultural y estés bien vinculado con ciertos apellidos, que eso puede ser garantía de convertir tu ambición desmedida en profesión a través de premios, contratos con grandes medios, acuerdos con instituciones, etc. Para el resto de los mortales, es una manera hermosa y placentera de perder el tiempo. ¿Que consigo algo de dinero con la escritura en momentos puntuales? Pues genial para pagar el alquiler.

A.M.: Poco antes de suicidarse Cesare Pavese escribía en su diario: Esto da demasiado asco. Palabras no, un gesto. No escribiré más”. ¿Demasiado extremo?

A.P.: El acto del suicida es pura valentía: Pavese quiso atajar de raíz tanto sufrimiento. Y le comprendo perfectamente. Demasiada sensibilidad para este planeta tan hipócrita. Y añado: si tuviera que utilizar una palabra para definir lo que siento cuando pienso en lo que rodea a la literatura es precisamente esa, asco. Mucho asco.
¿Para qué escribir? Me lo pregunto muchas veces. Puedo remitirme a una de las respuestas anteriores: la literatura es una compañera a la que respeto, que va y viene, no es una amante exigente, ni mi mejor amiga. Escribo porque me gusta, sin presiones, cuando me nace: es el gesto lo que me llena. No tengo nada que demostrar porque a nadie le importa. Tiene que ser agotador escribir por escribir, para justificar tu posición, para demostrar que eres más que tal o cual: eso no tiene mérito.

A.M.: Fernando Pessoa comienza el poema Autopsicografía diciendo que “el poeta es un fingidor; ¿qué opinas?

A.P.: Hay poetas que escriben con el corazón y otros con los genitales: los segundos son más farsantes porque escriben lo que demanda el mercado. Y si los miles de seguidores quieren textos facilones sobre sexo duro, amores blandos, feminismo impostado y demás mierdas de supuesta temática social, eso producirán; es el verbo adecuado para definir su acto, esto es, que producen, no crean, y muchas veces sin atisbo alguno de talento. Lo importante es que se disparen las ventas con mensajes inadecuados (hasta denunciables) que se hacen pasar por “poemas”.
Con respecto al primer tipo, no son muy visibles, no obtienen el reconocimiento merecido o son demasiado tímidos. Claro que, como bien dice Pessoa, pueden ser también un poquito falsos: la diferencia es que sus farsas son más auténticas. Y, naturalmente, más trabajadas.

A.M.: En tu poema PEPITO GRILLO HA MUERTO Y NIETZSCHE SE REVUELVE EN SU TUMBA, el primer verso dice: “Pinochos clónicos con egos de saldo”. ¿Está enferma la poesía o los poetas; tal vez ambos?

A.P.: El poema es una crítica mordaz hacia la cosificación porque somos cosas, somos sustituibles. El ejemplo más ilustrativo es una aplicación para ligar: todos los perfiles son casi idénticos, y a través de una pantalla, se abusa de la imagen con filtros, acompañadas de frases descriptivas cortas y repletas de topicazos. Naturalmente, te vas a encontrar a los mismos gilipollas y a las mismas petardas en la calle, porque lo que te encuentras en el ámbito digital es un reflejo de la realidad salvo con esa diferencia: se esconden los defectos para aparentar unos estereotipos socialmente aceptables y otras cositas menos agradables. En resumen: para practicar la caza de cuerpos, para consumirlos como si fueran filetes con patatas fritas, hay que distorsionar la realidad, mentir sobre el aspecto y las intenciones. La autenticidad no es necesaria, ¿para qué, si puedo disimular lo que no soy para conseguir un polvo, un poco de atención, lo que sea?
También se puede extrapolar esta circunstancia al panorama poético actual en el caso de la vertiente comercial, los textos son mediocres, repiten temas comprometidos pero sin profundizar; buscan también el impacto de lo visual. Para la rama más “oficial”, en muchos casos las lecturas me dejan bastante fría. Quizás será porque pertenezco a otra generación y mis inquietudes son un poquito distintas: busco una identificación con el poema, y si no encuentro algo que me emocione, por mucho que se domine la técnica, yo me quedo con la sensación amarga de haber leído esos textos en anteriores autores.
Acudo siempre a los poetas de referencia, los que siempre están en mi mesita de noche. A veces me recriminan por no “valorar” a los nuevos poetas. Y no me cansaré de decirlo: que su escritura es excelente, pero en lo personal me transmiten poco o nada, salvo muy honrosas excepciones. Que me crucifiquen si quieren los modernitos: les recuerdo que yo también soy joven, y más de una humillación llevo a las espaldas por no ser lo suficientemente tal o cual, es mucho hartazgo para mi salud mental. El relevo generacional es natural e inevitable, pero creo que muchos autores de mi quinta tenemos mucho que aportar todavía, para desgracia de algunos que siguen empeñados en controlar el cotarro. Cuando ya no haya nada más que contar, nos retiraremos, y se acabó, sin traumas.
En realidad, gran parte de culpa la tienen las editoriales en su eterna búsqueda del genio que nace cada cien años, o bien del poeta susceptible de convertirse en producto para crear un fenómeno comercial y sacar tajada. La estrategia es sencilla: encontrar a cualquiera que, con veinte años (si tienes menos, mucho mejor) escriba con cierta soltura, pero que aparente experiencia. Igual que cuando vas a una entrevista laboral y te piden que seas menor de veinte pero con tres títulos académicos y cuarenta años de experiencia laboral. Ridículo, ¿verdad? Pues así ha funcionado el asunto desde hace lustros. Algunas veces aciertan con el plan y crean monstruos lo suficientemente inteligentes como para mantenerse durante años en el sistema; en otras el tiro les sale por la culata y fabrican un poeta que será el centro de atención a corto plazo; sin embargo, como hay tantos poetas dispuestos, no se preocupan por fracasos puntuales. Porque somos insignificantes, somos mercancía. Y hemos decidido formar parte de ese tablero con pocos peones y demasiados reyes.

A.M.: ¿A qué aspiras, como escritora, aparte de ser leída?

A.P.: Aspiro a conseguir un buen empleo para hacer lo que me dé la gana (editar, escribir, leer) sin preocuparme demasiado por la falta de tiempo o dinero. Porque sé, de sobra, que de esto no se puede vivir, y más si vas por libre, no confraternizas con los ideales de según qué clanes, no eres lo suficientemente popular en las redes sociales o no cumples con los requisitos ideales para que te hagan caso. Mejor hacer las cosas por placer y con recursos propios, y no por ocupar un puesto y utilizar medios ajenos. Mientras el milagro se digna a acontecer en mi vida, sigo echando la Bonoloto semanal, por si las moscas.

A.M.: Un poema tuyo; o un relato. ¿Es apto para cualquier tipo de lector o lectora?

A.P.: Mis poemas no son de fácil digestión, por mucho cinismo, sarcasmo y mala leche que derrochen. Los relatos son otro cantar, no dejan de ser ficción. Quien me quiera leer, que lo haga. Ya no me puedo permitir publicar bazofias punks típicas de mi juventud y ahora soy muy exigente con lo que quiero mostrar. Este año publico La balada de la soltera y quiero autoeditar Tundra; son libros que tienen muchos años, pero confío en lo que hago. No soy una autora fácil, o mejor dicho, nunca lo he sido, por no ser dócil o conformista. Por eso, si prefieren lecturas más ligeras, que adquieran otra cosa. Y no pasa nada, que yo soy la primera que cuando está harta de darle mil vueltas a las cosas prefiere un simple cómic de aventuras que un ensayo sesudo.

A.M.: ¿Qué remedio aplicarías a la inmediatez que propone la tecnología?

A.P.: La sociedad capitalista trafica con nuestro tiempo. Y en esta época de prisas, lo inmediato primará. Por eso estamos dispuestos a deslizar fotos en una pantalla para elegir el mejor match en un vistazo rápido y no para leer con detenimiento un perfil que tenga más de cincuenta palabras. Por eso nos quedamos en la superficie, porque es más cómodo e implica un esfuerzo mínimo. Claro que la tecnología conlleva muchos aspectos positivos que han influido en nuestro día a día, es una aliada si sabemos explorar su potencial por el beneficio en común. Sin embargo, una de sus características, la inmediatez, puede preocupar porque no es compatible con la esencia que requiere, para captarla, paciencia.
Hoy compartes un poema y de manera fortuita consigues miles de likes, pero mañana seguirás siendo un perdedor más que no leerá ni su madre. Hay que aprovechar el momento. Por eso, muchos jóvenes están un poco “desesperados” por seguir escalando, porque saben que con treinta se acabó el juego. Una perversión propia del hedonismo: se fomenta la juventud como lo único válido para “triunfar”. El gran propósito es acumular seguidores en redes sociales para adquirir, digamos, cierto estatus frente a las editoriales más notables, y a costa de lo que sea, sin escrúpulos, a veces. Pero, actualmente, las intenciones se tambalean ante la lógica del mercantilismo: ahora se pueden comprar seguidores, por tanto, no hay garantía de que las ventas sean las previstas para el exigente (y previsible) mercado editorial. La trama se complica y hay que acudir a otras opciones para hacerse notar. Y la sobreexposición de la imagen es una de esas alternativas, bastante efectiva.

A.M.: ¿Y a ciertas políticas editoriales que comprueban el carnet de identidad, previo peaje para la publicación?

A.P.: No hay solución: el mundo editorial no va a cambiar. Hay muchos privilegios que controlar y muchos beneficios que repartir, dinero público incluido. Ni las editoriales independientes serán el remedio en el oasis: son insuficientes para provocar una transformación radical del sistema. Las pobres ya tienen bastante con mantenerse a flote en un país donde la cultura es vilipendiada constantemente.

A.M.: Se me ocurre comparar la literatura actual con un gran circo romano, donde no falta el pan que acompaña al espectáculo.

A.P.: Desde que el mundo es mundo, habrá cultura de masas, fácil de tragar y sin más pretensiones que la de ocupar nuestras horas de ocio. Nada nuevo bajo el sol. Cultura que, a veces, yo defiendo, ojo, porque yo también formo parte del populacho. Hay días que no me apetece hacer un esfuerzo intelectual y me voy directamente a otra cosa más liviana para evadirme. A veces veo cine independiente polaco subtitulado y películas comerciales de risa fácil: eso no me convierte en una traidora de la cultura “elevada”. Por ejemplo: una de mis novelas favoritas es Los pilares de la tierra, de Ken Follet no me da vergüenza confesarlo, y eso no es compatible también con que me encante Nada, de la grandísima Carmen Laforet.

A.M.: Dijo Francisco de Quevedo que “El que escribe para comer, ni come ni escribe.”

A.P.: Yo añadiría que ni es feliz ni tiene salud mental. Y aún menos dinero para costearse un especialista.

A.M.: Y Virginia Woolf que: “Para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio.”

A.P.: No le falta razón. Hay que tener cierta independencia económica para dedicarte a lo que te gusta y un espacio para desarrollar tu trabajo sin complicaciones. Y, por supuesto, cumplir con el perfil deseable para que tengas alguna opción dentro del caprichoso sector editorial, y tener muchos contactos. Quien diga lo contrario, miente. A veces, tener dinero, voluntad, tiempo, talento y paciencia, no es suficiente.


Entrevista realizada a la escritora Ana Patricia Moya por Adolfo Marchena, poeta, escritor y prologuista.

 


Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras