Penden del balcón moradas
y se extienden cuan largo es
el pedazo de pared, en la
tarde, cuando saca del viejo pozo
un cántaro fresco, -todavía conserva
la forma que le dio las manos
del alfarero centenario-. Suspira,
toma un jerez con almendras
ajustándose la camisa para salir
a esa hora de tantos graznidos
que el verano lleva consigo
cuando las codornices levantan
sus cuerpecillos y avanzan
en el ejercicio de sostenerse
yendo hacia el mar.