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Éranse
una vez dos pueblecitos muy cercanos. En el pueblo del norte,
llamado
Villa del Aire, vivía Marcos, un niño de 6 años
muy atrevido y explorador. En el pueblo del sur, llamado Villa
del Agua, vivía Ricardo. Tenía cinco años
y se pasaba el día dibujando. Su mayor ilusión
era pintar y crear para hacer un mundo alegre y feliz.
Un día soleado de primavera se encontraron en el río
que separaba ambas poblaciones. Estaban jugando, cada uno
en su mundo, cuando Ricardo saludó a Marcos y enseguida
se hicieron amigos. Sin embargo, sus familias no les dejaban
jugar juntos, porque ambos pueblos estaban enemistados desde
hacía 50 años. Los pequeños no entendían
nada.
Un día, Marcos le preguntó a su madre:
–Mami, ¿por qué están peleados
los habitantes de los dos pueblos? A mí, Ricardo me
cae muy bien. De hecho, es mi mejor amigo y me gustaría
que pudiera venir a casa.
Su madre se quedó pensativa y no supo qué explicarle,
porque descubrió que no sabía el motivo de la
enemistad. Era algo que había ocurrido en la época
de sus abuelos. La realidad era que, al igual que ella, todos
los habitantes de los dos pueblos nunca se pararon a pensar
en buscar una solución para dejar en el pasado los
problemas que provocaron aquel enfado.
Los niños, que, además de listos, eran alegres
exploradores del mundo, tuvieron una genial idea. Ellos querían
verse cuando quisieran y compartir su alegría con los
demás. Así que Marcos y Ricardo propusieron
a sus familias su idea. Se trataba de hacer que ambas poblaciones
participaran en la elaboración de una paella multitudinaria
de la que luego pudieran comer todos los habitantes.
Era un trabajo en equipo en el que debían estar muy
bien coordinados y trabajar conjuntamente.
Sería su prueba de amistad. Y no valían las
trampas porque, de la paella gigante, luego comerían
todos. Por lo tanto, estaba prohibido hacer cosas feas como
escupir o usar productos en mal estado para perjudicar al
contrario.
Las normas eran muy simples y la idea, fantástica porque,
al construir algo bonito y artesano entre todos, volvería
a surgir el espíritu de la colaboración y del
bien común.
Los mayores ya tenían su tarea. Para los pequeños,
se propuso otra idea para poner en marcha en los colegios
de Villa del Aire y de Villa del Agua. Los niños de
ambas escuelas entrarían en un concurso de dibujo para
crear el cartel de la fiesta de la sonada jornada gastronómica.
Se escogió un dibujo de Villa del Aire y otro de Villa
del Agua. El ganador de Villa del Aire había dibujado
una paloma blanca, preciosa, gordita y sana. El de Villa del
Agua dibujó unas ramitas de olivo, árbol que
simbolizaba la población por ser productora de aceite,
y unas pequeñas flores aromáticas de azahar,
ya que abundaban los campos de naranjos.
Los niños tenían que elegir uno de los dos dibujos.
Sin embargo, enseguida se pusieron de acuerdo y decidieron
combinar los dos dibujos ganadores. Al final el cartel estaría
protagonizado por la paloma blanca que, en su pico, sostendría
las ramitas de olivo y las dos pequeñas flores de azahar.
Los pequeños dieron a los mayores una buena lección
de aceptación y tolerancia con el cartel y la paella
que cocinaron entre todos.
Aquel año se cocinó la mejor paella de toda
la comarca. Y no fue sólo eso. Se terminó una
absurda enemistad que alguien había iniciado mucho
tiempo atrás.
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| Para
pensar:
Es mejor hablar, perdonar la ofensa para que no vuelva a ocurrir
y poner toda nuestra energía en que en nuestro mundo
no haya enfados. Así conseguiremos un mundo mejor,
bonito y sano, en el que el objetivo sea el bien de todos.
Al fin y al cabo, lo que uno hace de alguna manera influye
en los demás.
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