Ignorando a hurtadillas a George Steiner
cuando dice algo así como que no nos quedan más
comienzos, y valorando lo que escribió un poco antes
de que las orillas de los ríos fuesen como hoy las
conocemos el controvertido filósofo chino Lao-Tse,
o Laocio, de que todo lo difícil comienza siempre fácil;
todo lo grande comienza siempre pequeño, vamos a acometer
la deliciosa tarea de comentar sin muchos preámbulos
un poemario, Agua, que en cuanto cayo en nuestras manos nos
enamoró por lo especial.
A veces, casi milagrosamente, nos encontramos con una obra
poética que nos acoge y, casi, sin apenas explicárnoslo,
tenemos, por fin, una placentera sensación orgásmica,
entre arrogante y pretenciosa, de tener acceso a la verdadera
voz lírica del autor (autora en este caso), de haber
comprendido al fin ese mundo poético al que nos hemos
acercado, la mayoría de las veces, por un misterioso
azar que a la larga resulta que tuvo poco de azaroso.
Dijo Flaubert que todo el talento de escribir no radicaba
más que en la elección de las palabras, y nosotros
nos preguntamos si el acto de escribir poesía no será,
en última instancia, un acertado acto de amor hacia
esas mismas palabras, un acto volitivo transformado en amor,
en fertilidad, en dádiva, un acto de revelación
entre autor y lector, y que nos muestra a cada cual, en palabras
de la propia Asunción Caballero, cómo llegar
al mar que nos resume.
Agua, que es el título del poemario con el que Asunción
Caballero abandona sus otros zapatos, ha venido a deleitarnos,
a golpe de sorpresas... con una poesía sencilla, natural,
llana, que no simplona ni manida, libre de efectismos y excesos
verbales, que nos evoca la idea perceptible ya en Rubén
Darío, y posteriormente en Pedro Salinas, de que los
elementos naturales constituyen un misterio cuya esencia clave
solo está al alcance del alma del poeta. Heredera de
los grandes temas literarios de la edad antigua hasta la modernidad,
Asunción Caballero despliega su versar en un medio
líquido:
Allí
donde las lágrimas manan y mueren.
Podríamos decir que su propia poesía actualiza
viejos tópicos para sorprender al lector y ofrecer
intuiciones de otro conocimiento menos cósmico:
Renuncio
a sus palabras huecas,
a su desaforada prisa
para llegar a todo.
Sus versos se adaptan tanto a temas cognitivos como puramente
líricos. Navega diestramente sobre el agua en sus múltiples
formas -océanos, mares, ríos, chorros, lluvia,
nube, lágrimas-, relativas todas ellas a la tradición
alegórica del Ser. Agua como cauce y como motor, como
maná y fuente de autoafirmación:
Nada
es lo que sucede.
Es solo lluvia
y canta.
La poesía fluye en Agua con su propia sabiduría
y con su propia nostalgia, sin olvidar la lucha por lo que
debe ser. Nada acaba o es destruido sin que su ciclo comience.
No hay autocomplacencia en la tormenta. Solo verdades. Parece
que nos gritase desde su yo más íntimo “
nunca
te adaptes a lo que no te hace feliz, no te calces un zapato
a la fuerza pensando que es tu talla, tienes que ser capaz
de caminar, de correr, de volar” …Si
la felicidad es el fin último de la vida, su agua no
debe doler, no debe apretar, ni oprimir, ni quitar el aire,
sino permitirnos ser libres, gráciles y dueños
de nuestros propios caminos:
¿Se
llevará el agua tanto congojo?
¿o nos dejará una tormenta perfecta
desbordando los cimientos?
A medida que nos adentramos en Agua
vamos sintiendo una complicidad mayor con una poeta que no
se muestra en ningún caso dócil, manejable,
ni inclinada a adaptarse a un latir que no se acompase con
el suyo. Una poeta que no se somete ni a parámetros
ni a jerarquías, ni de fondo ni de estilo. Sin amaneramientos:
Una
mujer
una simple mujer en zapatillas
Sí como dijo Don Ramón
de Campoamor el arte supremo sería escribir como piensa
el mundo, en su último poemario, Asunción Caballero
da al líquido elemento la capacidad catártica
de reconstruir su esencia:
la
lágrima que guardo
para saciar tu sed
El hallazgo de un agua reivindicativamente social es, y refuerza,
el caudal emocional, radicaliza las prioridades de la existencia.
Es energía transformadora, causa y efecto:
y marcar
con esperanza
el agua
del nuevo día.
Enhorabuena asunción Caballero. Agua es, pues para
nosotros, un poemario terrenal, visceral y mental, y cambia
algunas de nuestras perspectivas acerca de ir de lo concreto
a lo universal de un modo sencillo y llano, reclamando el
lugar de una poética que no engole sus verdades, que
no necesite compartir su latido con soberbios adornos ni fatuos
academicismos, que sin duda tampoco la harían crecer
ni en profundidad ni en belleza, una poética fiel a
sí misma, reveladora y libre. Porque, quizá,
simplemente, no deberíamos olvidar que si hay algo
imprescindible en nuestras manoseadas vidas, además
de la buena poesía, ese algo es el AGUA.