| |
ENTRE
ÁNGELES Y GERIFALTES
Así son estos callejones Alfredo.
Irreductibles como los ojos de ella,
contundentes como los ojos
de muchas iguales a ella,
profundos , mono estelares
como el universo de los tuertos
en ocasiones chispeantes,
pero casi siempre con un dejo
de la más rabiosa nostalgia,
decididamente luminosos frente a las vitrinas,
pero velados por las sombras milenarias
de los mandriles sagrados de Gebel.
Pentagonales en las urbes,
como los bosquejos policromos de las tortugas de Arraikú
y náuticos
Alfredo
ante la escasa ternura de estos días,
ante esta forma ungulada de sobrellevar –la
árida-cotidiana–
Tal vez por eso es que somos pocos
en el callejón del gato,
tal vez por eso, sea don Latino de Híspalis,
quien guía nuestros pasos
y no el clan de los iluminados. “Vinimos”
a mirar Alfredo
y no nos dejaron más que sombra,
abolladura de espejo y esperpento.
A decir “vinimos”
y no atendieron la mala traza de lo divino,
la notable fealdad de este aire que tragamos.
Hay aquí de todo, Alfredo
plintos, orlos, capiteles, fustes, contrafuertes,
remates, antepechos y parapetos.
No falta nada en el callejón.
Buitres y ángeles
inhalando nuestro mismo cielo
el mismo polvo que nos constituye, establece y conforma.
Ángeles y buitres, Alfredo
arcángeles de rapiña merodeando nuestra sombra
–que
es como decir nuestra suerte–
Un callejón
en su estupenda pequeñez
resulta siempre una aventura,
un evento donde la noche sin falta toca a la puerta
con sus manos frías.
Un callejón, Alfredo,
es el triste camino a ninguna parte –y
pese a todo–
acaso nuestro callejón,
nuestro teatro de sombra y fantoche
nuestro aire de pelele y marioneta –el
aire nuestro de todos los días– |