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POETAS Y ESCRITORES ENTREVISTADOS

 

ENTREVISTA A LA ESCRITORA
CARMEN VARGAS ANTÚNEZ


REALIZADA POR:
ADOLFO MARCHENA

La escritora Carmen Vargas
(“Aún sigo leyendo para aprender a no callar”)
Carmen Vargas nace en el Sur de cualquier lugar. Ha colaborado en diversas antologías poéticas tanto en España como en Portugal. En 2011 publica su novela Sin billete de vuelta y en 2018 su primer poemario Con las carnes abiertas. En el 2020 publica Fuera de carta. Miembro del Colectivo Surcos. En la actualidad colabora con la Agencia de Servicios Editoriales Creaturasliterarias.
Adolfo Marchena: ¿Con qué se acompañan los tragos que nos ofrece el pomario Fuera de carta?

Carmen Vargas: A veces, con resignación, pero otras tantas con el jugo recién exprimido de la libertad, la dignidad, y la justicia, siempre que el tiempo y las circunstancias que dictan los relojes de los poderes fácticos de esta sociedad, lo permitan. Sin que falten entremeses, como la empatía o la esperanza.

A.M.: El libro, como un menú gastronómico, se divide en primer y segundo plato, además del postre. ¿Qué tipo de cocina elabora con la escritura Carmen Vargas?; cocina tradicional, Nouvelle cuisine, cocina de vanguardia…

C.V.: Quizás un poco de todo. Siempre me gustó cocinar e innovar, pero cuando escribo, es cierto que uno de mis ingredientes favoritos y que no falta en la despensa de mi pluma es la reivindicación del tipo que sea, a veces puede ser más picante o agria, otras, dulce y tentadora al paladar.

A.M.: Dices que: “Ser leales no nos salvará / de ningún dios insatisfecho.” ¿Es, la lealtad, la gran ausente en una sociedad que se ahoga en lo inmediato y carece, cada vez más, de valores que, ahora, nos parecen tan lejanos?

C.V.: Para mí la lealtad es un principio, es una ley de vida que deberíamos llevar tatuada en la conciencia, pues a veces parece olvidarse en esta época que nos ha tocado vivir, donde todo vale, o al menos para gran parte de esta sociedad que se acomoda en el sofá más caro. Parece que de lo único que nos preocupamos es de estar cómodos al precio que sea y a costa de que otros no lo estén. Esta sociedad de charanga y pandereta, como ya dijera Antonio Machado, ha perdido lo que tanto le costó ganar con sangre, sudor y lágrimas. Nos vamos a pique, empujados por una marejada de ignorancia a lomos de ese sofá que nos engulle sin prisa. Por eso es tan importante la lealtad, desde el respeto y la libertad.

A.M.: En algunos poemas que componen el Primer plato encuentro una erótica que se desliza por la página como un susurro, tal vez buscando el doble sentido o la imagen.

C.V.: Como he dicho antes, la reivindicación a través de mis versos, una veces rebelde, otras, seductora, hace que mi poesía no suela escribirle al amor perfecto, a la erótica más sugestiva, aunque, ¿por qué no poner una pizca de picante para degustar un buen plato que revolucione los sentidos del lector? O, ¿por qué no ponerme frente al espejo?
No sé si lo consigo, pero podría haber contestado con menos palabras: en esos poemas busco ambas cosas.

A.M.: El tiempo es un tema recurrente en tu obra y también la dignidad. El sociólogo, psiquiatra y filósofo José Ingenieros escribió: “Y así como los pueblos sin dignidad son rebaños, los individuos sin ella son esclavos.

C.V.: Para mí el tiempo es fundamental, pero no nos confundamos, no el que marcan los relojes, sino aquel que nos brinda la vida en todas sus vertientes. El tiempo indeterminado que paso con amigos, viendo una buena película o un atardecer desde el tejado de mi casa, el tiempo para disfrutar de todo aquello que me reconforta. Por otro lado, está el miedo a no poder aprovechar esos instantes con una sonrisa. Pienso que todos tememos que se nos esfumen los momentos por haber tenido que padecer, o simplemente, parar por obligación. Y por supuesto, asumir la derrota con dignidad, perder el tiempo desde la dignidad es algo que tengo más que asumido. Ambos cumplen la estructura de la sinergia. La dignidad es un valor en peligro de extinción que nos llevaría a volver a ser esclavos, en ocasiones de nosotros mismos.

A.M.: En otro de los poemas del libro te hablas a ti misma y te descubres “delante del espejo / con el gesto de pasar página.” ¿Hay edades y decepciones en la poesía, como en el ser humano?

C.V.: Por supuesto. La poesía es una experiencia, como los años vividos, es un continuo deseo de conseguir la meta, aunque no siempre llegamos a cumplirlo. Ahí es donde aparece la decepción, y eso ocurre en cualquier campo que labremos.

A.M.: El Segundo plato comienza con un poema cuyo verso dice: “Escribo de nuevo.” Y, a continuación, sentencias: “Es el momento adecuado / para desprenderme de la jornada de hoy.” ¿Se desprende Carmen Vargas de toda contaminación y cansancio que convocan las horas a lo largo del día, cuando se sienta a escribir poesía (o narrativa)?

C.V.: Pienso que la escritura, como cualquier arte al que nos dediquemos, nos refleja y la vez nos permite evadirnos de muchas fases del día o de la vida. Incluso puede ser nuestra mejor aliada para no enfrentarnos cara a cara con algo en un determinado momento; pero ¿a qué engañarnos?, después de todo, lo que llevamos a cuestas tarde o temprano lo retratamos en lo que escribimos.
No me desprendo de nada cuando escribo, pero sí es mi guarida.

A.M.: En este sentido, qué opinión te merece la frase de Samuel Beckett, cuando dice: “Las palabras son todo lo que tenemos.”

C.V.: Ahí me quito el sombrero, pues la palabra para mí es sagrada, es el gran tesoro que poseo, para bien o para mal.

A.M.: De hecho, en el poema que figura en la página 39, comienzas diciendo: “Hace tiempo dijeron / que la poesía es del todo inútil”, para concluir con los versos: “La palabra… / Mi humilde morada.

C.V.: Como digo, sin la escritura no sabría caminar. Me dolería tanto desposeerme de ella, como caminar descalza por un sendero de afilados guijarros. Mi primera palabra la pronuncié con tan solo nueve meses de vida, según me cuenta mi madre, y aún sigo leyendo para aprender a no callar.

A.M.: También detecto en tu poesía una búsqueda de horizontes y libertad.

C.V.: Así es. La libertad es mi bandera, con todos sus significados, siempre desde el respeto hacia lo demás, y el horizonte mi infinito. En estos tiempos en los que cada uno se mira su propio ombligo, sin importarle subir cumbres escalando por encima de los hombros de quien tiene al lado, pienso que sentirse libre es el bien más preciado que podeos poseer, pese a que muchas veces se convierta en utopía.
Cuando te das cuenta que desprenderse de cadenas a las que nos aferramos o nos educan para llevarlas, cuando he sentido que se puede respirar mejor y que pueden ser prescindibles en el camino, la libertad viste los colores de una puesta de sol.

A.M.: En otro de los poemas del libro afirmas que: “la verdad no está en ninguna parte”; que “no existe”. Entonces, es posible que, como decía Pessoa, el poeta –y todos los seres humanos- sea un fingidor que finge constantemente.

C.V.: Ni confirmo ni desmiento las palabras del poeta. Lo que sí puedo decir es que la verdad puede resultar tan efímera como el humo. Por eso siempre pregunto: ¿tu verdad o la mía?
Recuerdo del poeta Antonio Machado los versos que dicen:

¿Tu verdad? No, la verdad
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela.

A.M.: Ya, en el apartado del Postre, encuentro un poema (página 60) que me recuerda La ciudad de Kavafis, donde uno siempre regresa a casa. El poema concluye: “Coges la puerta / y haces el intento de huir del lugar / al que creíste llegar persiguiendo tu memoria. / Te quedas paralizada. / Cuesta reconocerlo, / pero es futuro lo que buscabas.” ¿Se podría decir que huimos constantemente?

C.V.: Sí. El ser humano es inconformista por naturaleza. Tanto es así que, por una cuestión u otra, siempre estamos huyendo, aunque esto no signifique salir corriendo literalmente. A veces, también se huy de uno mismo.

A.M.: Llegados a este punto siempre les confieso a mis entrevistados/as que, a pesar del intento, siempre me dejaré algo en el tintero; ¿quisieras añadir algo más?

C.V.: En primer lugar, agradecerte la lectura del libro, tan concienzuda, y que te hayas adentrado en mi mundo, pues también para eso escribimos, por compartir con los demás, sensaciones, emociones, ideas…
Para terminar, añadir que si la palabra es mi morada es porque a ella vuelvo cada vez con más avidez de seguir aprendiendo, de oler sus paredes, tropezarme con los seres que la pueblan y mirar a través de sus ventanas otros horizontes.

Entrevista realizada a la escritora y poeta Carmen Vargas por el poeta, escritor y prologuista Adolfo Marchena.

 


Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras