No siempre llegamos a la hora
del almuerzo,
a veces, por mucho que corramos
o nos saltemos los charcos,
el tren pasa de largo frente a nosotros
sin que podamos hacer nada
para que no se enfríe el primer plato.
Los días no son todos iguales,
ni siempre salen las cuentas,
por mucha álgebra que utilicemos.
Para llegar a tiempo basta una resta:
pasos de cebra que atravesamos sin mirar
menos aquellos en los que esperamos demasiado.
Paladear una tarde sin noticias,
sin quimeras ni pasado,
en la imperturbable hamaca del silencio,
es sentir la sencillez de la infancia,
el placer de lamer una piruleta
sin importar lo que dure
en deshacerse en nuestra boca.
Cerrar los ojos a solas frente al mar
sin piratas ni sirenas,
en la indolente orilla de la calma,
es como volver a un cine de verano,
buscar asiento en la última fila
y no recordar de qué iba la película.
Mirar de frente el horizonte
sin reloj ni nadie que te espere,
con la sola compañía del sol
que desaparece por las fisuras de la noche,
es morir en el intento de crear utopía.
Vuelves a la casa de tus padres,
que ya no están,
y merodeas por sus rincones
aspirando el olor añejo a ausencia
antes de abrir la maleta.
Miras las fotos de la cómoda
y todo te parece tan irreal…
Te sientes extraña en el que fue tu hogar,
una usurpadora de recuerdos.
Siempre nos tienta más hurgar
en lo ajeno y descifrar otros pasados
que explicar el nuestro.
Descorres las cortinas
y tras los cristales ves la calle
donde tantas horas pasaste con tus amigos,
a los que no ves desde hace demasiado tiempo.
Transitas las habitaciones una por una,
intentando reconocer la que un día
fuese cómplice de tus secretos.
Pero han pasado tantos años…
Los secretos se desvanecieron
como el color de las paredes,
ahora teñidas de abandono.
Coges la puerta
y haces el intento de huir del lugar
al que creíste llegar persiguiendo tu memoria.
Te quedas paralizada.
Cuesta reconocerlo,
pero es futuro lo que buscabas.