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Teclear sin pensar en la mañana, poema de Adolfo Marchena

DO

 
Entrábamos a hurtadillas,
tú me cogías de la mano,
un bizcocho recién moldeado,
tu ignorancia y los miedos,
la sensación de haberse equivocado.
El manto de tela era otro,
como el de un virgen cortejada
por los hombros de los costaleros.
Luego nos fuimos alejando
de aquellos monopolios,
de aquellas tascas.
Bastaba con mirar atrás,
cercenados los años ya
por la batalla de la vida,
darse cuenta o percatarse
de que tú y yo habíamos
crecido lo suficiente como
para distinguir el agravio
del beso en armonía y su diferencia
con la música de Art Pepper
cuando Patricia nos decía.

RE

El dolor del infinito que se cuela
entre las grietas, algunos años
en Europa en la Segunda Guerra,
con el saxo intacto después de haberlo
perdido, la madera y el sustento,
el dolor infinito en la cabaña río abajo,
donde duermo y derroto al cansancio.
Art Pepper regresa del continente y conoce
a su hija que habla y anda, el pasillo
como fundamento de toda una vida,
la garganta astillada y sin embargo
el sonido de Patricia envolviendo toda
la sala, para que yo lo escuche y luego
vengan muchos otros y no sea tormento.
Como si hablase, o en un susurro, nunca
mintiendo, advirtiendo que cada quien lleva
San Quintín en las venas, como vieja
profecía donde uno improvisa Cherokokee
frente a un Sonny Stitt que después de todo
te dice: insuperable, muchacho, estupendo.

 

MI

También el dolor soporta
sus grilletes y el verdugo.
No soy nada,
                  me dijiste.
Y el temblor recorrió como
un hachazo todo mi cuerpo.
No te habían
enseñado nada
o acaso
no habías aprendido
lo básico para
amar, para vivir.
Porque también el vacío
compone su música, melodía,
sensación de violín eterno,
la brisa que aguarda
cada mañana el sabor
tibio del café, o su amargura,
como en la vida cargan
los estibadores alambiques
vacíos que solo cambian
de puerto, de dársena, de líquido
elemento, estibadores que luego
se camuflan en las tabernas portuarias
para beber del mismo ron y escuchar
la misma música que el viejo acordeonista
se empeña en sacudir como del polvo
su guadaña y las notas en la noche.

Cinco poemas o más, de Adolfo Marchena de su libro "Los bolsillos de Rimbaud":

Blanco, Negro azul

Do , Re , Mi

Mala Sangre

 


Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras