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Para
conocer el comercio de la piel, el lugar donde nacimos, la
referencia de los astros, se hizo necesario, Rimbaud, abarcar
el escenario, recorrerlo con las huellas dactilares, interpretar
las edades, el tiempo y su derrota, la victoria de las horas,
la intemperie. Detrás de los focos encendidos, el público
que no entiende aquel disparo. Por amor desmesurado, dónde
quedó el Cyrano de Bergerac, cerca del páramo,
ya con la herida mortal en un costado. Madres trajeadas como
la noche de un invierno ajado, donde las predicciones consienten
la llegada del héroe. Mártires distantes, luego,
a las afueras, de los tres actos de la obra, las tres puertas
o esos hechizos que la mala sangre ejecuta libremente para
desposeer el grito y el decoro.
Cuando todo se aleja,
la diversidad, el ansía,
la disculpa, hasta el murmullo,
la gente sabe o apenas
conoce la realidad
de sus propios nombres,
cuando todo se aleja
recobra sentido la tentativa
de vivir frente al abismo.
En la distancia que nos separa
fluctúa como una mariposa
el batir del tiempo
sosteniendo los relojes,
la mala sangre,
cuerdas vocales
cuando se deja todo
y el resultado es una explosión,
el descrédito de un viaje
hacia la trincheras rotas,
cartas escritas a mano
entre la sangre y la tierra
abajo, muy escondidas,
aguerridas junto al pecho.
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