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HABLADURÍAS

La primavera ascendía como la llama de un candil viejo, en su trayectoria de chimenea y salvoconducto. Todo cuanto quedaba eran hojas secas en las orillas del camino. Los perros no ladraban todavía, agazapados en su incertidumbre, en esa espera de la mano que les trae el alimento. Reinaba la confusión en la ciudad, un miedo hostil, un caos con su vértigo de noria que se desmorona en pleno balanceo.
Algunos anotaron en los márgenes de los libros que todo aquello asustaba; todas esas muertes contra natura. Los investigadores llegaron. Y con ellos los periodistas, los especuladores y los agitadores. En lo alto de la colina alguien vivía solo. Un desconocido ante los ojos del pueblo que apenas se alejaba de sus tierras y no bajaba al bar para emborracharse. Sólo sabían eso, que era un hombre distinto. Suficiente para que le atribuyesen aquellos macabros sucesos que venían aconteciendo desde hace un par de semanas. La presencia de aquellos cadáveres con el rostro desfigurado y un crucifijo invertido sobre el pecho desnudo. Habladurías que se propagaban como el veneno de la serpiente en la sangre. Se extendían como epidemia, como ríos púrpura y el octanaje en sus bocas.
De esa manera determinaron que aquel hombre era huérfano, que se alistó en el ejército, que perdió a su mujer mientras él combatía en Europa, que se volvió loco y el dolor le convirtió en un hombre capaz de cualquier cosa. De ojos azules –dijeron- y luego cambiaron de opinión; verdes como una selva impenetrable. Que le faltaba un dedo y cojeaba de la pierna izquierda. Que no fue bautizado porque escupió el agua bendita y al cura le dio un ataque de nervios.
Así especularon hasta convertirlo, también, en el culpable de todas sus dolencias, de las malas cosechas y ese odio que nos impide ver más allá de una razón que formula una sola pregunta: ¿Hasta cuándo vivir la vida que no nos corresponde? Cuando el hombre apareció muerto en sus tierras, con el rostro desfigurado y un crucifico invertido en su torso desnudo, comenzaron a sospechar los unos de los otros. Nadie supo, entonces, qué decir, o acaso las habladurías les convirtió en culpables a todos. De esta manera se fueron acusando, hasta que llegó la oferta y decidieron vender sus propiedades. Y ya cada uno, en otra ciudad u otro pueblo, siguieron pensando, antes de dormirse, que todos los demás seguían siendo culpables.
(texto inédito de En noches de luz y fuego)
Cinco relatos de © Adolfo Marchena, todos los derechos reservados:

Indispuesta

Habladurías


Y poemas de sus libros " musicalidad de los tejados" y "Los bolsillos de Rimbaud"

No detenerse

A, B y C


Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras