LA
SOMBRA DE NABOKOV
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El siglo XXI me cogió
por sorpresa. No por prematuro. Quiero decir que algo hubo
de especial y algo de triste cuando las campanadas del dos
mil uno me anunciaron su año, la ruptura con una barrera
de cifras, el desorden informático que algunos previeron.
Luego estaba el tema del fin del mundo, que se transformaba
como la energía en nada, en descomposición y
ausencia. |
Nunca me aterró
el tránsito, he de decir, y para qué preocuparse
por esas cuestiones, las del fin del mundo, me refiero. Si
acaso la pérdida de uno mismo, la desgana, la oficialidad
de la demora, el caos.
Han pasado desde entonces trece años y nada ha cambiado.
Si acaso, ha ido a peor. La transición hacia modernidades
y otras ocupaciones del amor, que ahora se vende en conserva,
del que se huye como paradigma de las emociones, como antojo
de animal herido. A todo esto, quería contar una historia,
la historia de mi nombre, Amancio, mi nombre de pila, y con
ello la historia de mi vida, que puede ser más o menos
interesante, que puede ser fábula y cuento, que puede
resultar frívola, sin sentido.
Y todo viene a raiz, el sin sentido, de un experimento que
la NSA experimenta con seres humanos, porque las cobayas no
responden al estímulo del fracaso y desobedecen continuamente
las órdenes para que agredan o amen. La NSA lleva experimentando
desde el dos mil con la capacidad de resistencia del ser humano,
con la probabilidad del abandono, la gestación del
olvido. La prueba a pasar consiste en permanecer aislado durante
seis meses en una habitación, viviendo con la tecnología
y el estilo de los años sesenta. Esto es, máquina
de escribir, teléfono fijo, cuchillas para afeitarse,
programas de televisión como Alf, Alfred Hitchok…presenta,
Aquellos maravillosos años o Historias para no dormir.
Y los juguetes de la época y sus libros y su comida.
Toda una regresión, desde luego, una hibernación
a la carta.
Mi madre no entendía aquello, que yo me fuera a instalar
en una habitación de la NSA para un experimento, que
fuera a vivir otra vida que no fuera la mía, desastrosa
y desatenta y un poco mordaz, a veces quisquillosa, que dicen.
No fui sincero del todo, y no le confesé, que me pagaban
muy bien por aquellos meses que debía soportar de encierro
y aislamiento. Tampoco le dije que debía permanecer
allí seis meses, firmado en contrato, dícese
vinculante, y que si abandonaba antes, de los euros ni el
canto, además de una penalización.
Por mi parte lo tenía claro. Bien es cierto que venía
de vivir en una soledad compleja y habitable, en una soledad
de soles y mares, de buhardillas y musicalidad en los tejados.
Que ya había adquirido mis manías pero que,
ante la contra y todo, no era perro viejo, si no un viejo
perro que se adaptaba a la pregunta, los barriles, las consecuencias
y las manías. No obstante, como en un juicio de faltas,
me encontré frente a mi madre, escrupulosa y atenta,
tratándome de convencer para que no me adentrase, si
cabía más, de lo que me había comprometido
con la NSA.
“Hijo, no me parece buena idea.”
“Sólo serán seis meses, madre.”
“No creo que aguantes uno. Además, qué
se te ha perdido a ti allí.”
“Madre, seis meses alimentado, siendo objeto de estudio,
viendo la televisión de los sesenta, o sea, aburriéndome,
pero con todo el tiempo del mundo para escribir mi novela.”
“Cuántos años tienes, hijo.”
“Son ya cuarenta y seis.”
“Pues eso, eso es lo que llevas ya con tu novela y aún
no me has leído nada.”
Mi madre era muy escéptica con todo aquello relativo
a la novela. Y a veces yo me lo planteaba, me preguntaba si
era un imposible, un dolor de envidia, viendo como otros sacaban
sus textos al mercado, viendo como otros presumían
de escribir ocho páginas al día mientras yo
le dedicaba un párrafo. He de confesar en una primicia
como de perros aullando, que tengo escritas dos novelas. Sólo
que, nadie lo sabe, nadie las ha leído. Me digo para
adentro que no, no sé, que han de acogerse a un buen
repaso. Y así me sucede últimamente con todo
lo que hago, que necesita de mi aprobación, de mi exigencia,
de todo lo que aprendí y también de lo que no
me enseñaron.
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Se acercaba la fecha para ocupar aquella habitación
de la NSA y mi vida continuaba sin percances de renombre,
sin alteraciones. No como sucedía antes, antes de
que cumpliese los cuarenta. Entonces me sucedían
cosas. Era distinto. Me atrevía a hablarle al cochero,
en Sevilla, cuando arrancamos de la Plaza de España,
cuando aburrido le dije, en confianza, llévame a
un tablao, pero no para turistas, un tablao auténtico.
Y allí me dejó el cochero, después
de que recogiéramos a una pareja de alemanes que
también querían vivir la noche de Sevilla.
Hubo risas y yo me olvidé del paisaje urbano, hasta
que el cochero detuvo el carruaje y me dijo que esperase
un momento, sólo un momento. Allí estuvo conversando
con un tipo grande, a la puerta de un garito, hasta que
regresó y me dijo: allí tienes tu tablao,
está todo arreglado.
Esta mañana las televisiones emitían desde
el Congreso el velatorio por Adolfo Suárez. Es importante
que lo cite porque otra muerte, me anunciaron desde la NSA,
iniciaría mi ascenso a la gloria, a permanecer imperturbable
de por vida, a subsistir con la esencia de los sesenta,
a no morir en el intento. Llegó en mano un sobre
tamaño folio con un PERSONAL en tinta roja que se
veía desde la mirilla de mi vecina; de la que he
de hablar, supongo, en mi novela. Firmé sobre la
carpeta del tipo que me trajo la carta y me recogí
en el salón, para abrirla y leerla. Señor
Amancio, y entonces caí en la cuenta. Aquel experimento
era una putada, una sinrazón, un estercolero, lo
peor de lo peor. Y lo peor es que ya había firmado
para ser cómplice de sus juegos migratorios, y me
dije, bueno, al fin y al cabo, la muerte no es otra que
la de Marilyn Monroe; algo tenemos en común.
Dispuesto a olvidarlo todo, a no recaer en la destemplanza,
a soportar las burlas, bajé al café Vivaldi
para tomarme un café vienés doble, cubierto
con crema batida. Ojear la prensa, si es que algo nuevo
habría de aportarme, que todas las noticias son un
filtro de la realidad que desconocemos y, al final, acabamos
leyendo lo mismo. La fortuna de un deportista que se desvanece
en alcohol y drogas, el atraco a una farmacia, el estado
de las carreteras. Un hombre achaparrado, vestido con traje
de sastre, sombrero de hongo, acodado en el otro extremo
de la barra no dejaba de mirarme. Parecía inquieto
y su inquietud comenzó a taladrarme la espina dorsal,
volviéndome despistado, más dispuesto a lo
ajeno que a lo mío propio. En eso estaba, con esa
molestia, cuando advertí que el hombre se me acercaba,
hasta llegar a mí altura y presentarse, pidiendo
disculpas educadamente, por si en algo me molestaba.
Me confesó Nabokov, aquella madrugada nueva, que
sospechaba de su hija menor y úncia, Lolita, intuía
él que ella salía con un hombre mayor. Perorata
sobre la edad y los cambios de comportamiento de Lolita,
que se maquillaba más, que algunas joyas le resultaban
nuevas, que la ropa de encaje se reproducía en los
armarios. Nabokov se mostró cansado, envejecido,
promesa que no se cumple, interludio de las ofensas.
Y qué pintaba yo en todo eso, ya dije que no pretendía
meterme en más líos. Su voz, sin embargo,
hizo que me olvidara del experimento de la NSA, su voz acaramelada,
dulce, persuasiva. Noté que sudaba en exceso, perlaba
su frente, movía los dedos, saltarines, inquietos,
mientras me miraba a los ojos, profundo, sincero, como si
fuera un diestro de avatares y juicios.
Me pagaría bien, me dijo, a tanto la hora más
gastos. Me convertía de esa manera en el Philip Marlowe,
de Raymond Chandler; en el Bernie Gunther, de Philip Kerr;
en los Grave Digger Jones y Coffin Ed Jonson, de Chester
Hilmes. Un sabueso que abre el cuaderno y anota las pautas,
los horarios, las condenas; que persigue al sospechoso y
se disfraza con pelucas y bigotes postizos; que abre las
puertas con un juego de ganzúas o una tarjeta.
Le contesté que aquello no era posible y fue entonces
cuando me mostró sus fotografías, las de Lolita,
una de la cara y otra de cuerpo entero, vestida con una
corta falda de pliegues, los labios carmesí. No pude
evitar preguntarle si aquella era su hija, cuando sabía
que así era, o lo intuía. Ni siquiera me contestó.
Continuó hablando, exponiéndome hasta la última
palabra, hasta que pensé, hubo terminado. Pero no,
fue entonces cuando me llamó por mi nombre de pila,
Amancio, arrastrando el nombre hacia un altar de flores
y candelabros. Para cuando me di cuenta, el café
se había enfriado y yo, convencido, le contesté
que sí, que investigaría el asunto de su hija.
Llevaba dos días encerrado en casa, sin salir. Una
especie de agorafobia se apoderó de mí, después
de seguir la pista de Lolita. Un mar de olas convulsas cercaba
mis ideas de agua y el cansancio me invadía, haciéndome
torpe. Melodías de agua, persianas cautas que dejaban
entrever la luz de la mañana. Una lámpara
encendida en el salón de mi casa, desordenado, por
otra parte, un gin tonic, música de Couperin, siempre
de fondo. Me dispuse a ordenar las ideas partiendo de la
premisa de que Lolita, en realidad, no existía. Que
algo extraño y misterioso rondaba la historia que
Nabokov me transmitió la mañana que nos conocimos.
Entonces caí en la cuenta de que los cerrojos no
siempre salvaguardan los edificios, los cofres, los baúles.
Que la cuenta corriente de un cerrojo resulta siempre en
negativo, haciendo equilibrios sobre la cuerda floja, al
filo de las montañas. Todo lo que hice, vigilar la
casa de Nabokov durante cuarenta y ocho horas, preguntar
a modelos, empresarios de la moda, profesores, no sirvió
de nada. Nadie la conocía, al menos por ese nombre.
Un prado vacío de intenciones, de hierba, margaritas,
gatuñas, enebro, correhuelas, extendiéndose
más allá de las plegarias y las extensiones.
No quería yo deprimirme, ni tampoco obsesionarme
con el tema, así que cogí una novela policíaca
y me dispuse a vivir otros mundos, a olvidarme de todo,
de la NSA, de Nabokov, de Lolita.
No sé el motivo pero la imagen de Dorian Gray interrumpió
mi lectura como no lo había conseguido antes el teléfono,
que sonó varias veces hasta perderse en el silencio
y el olvido. Oscar Wilde me ofrecía alguna pista
faustiana, cuando me apercibí de lo impresionado
que estaba Nabokov ante la belleza. Todo en él era
también elegancia, como si buscase con ello una belleza
imborrable, inmortal. Me acerqué al teléfono
y comprobé que mi madre había llamado. Antes
de devolverle la llamada conseguí ponerme en contacto
con Wilde, quien imitó con voz cavernosa una ingeniosa
contestación que, bien comprendí, me invitaba
a llamar en otro momento o, a ser posible, que me olvidase
del todo de su existencia.
Ahora, que llevo trece días encerrado en una habitación
de la NSA, donde a capricho experimentan con mis respuestas
emocionales, ahora que escribo a máquina y consulto
diccionarios y enciclopedias, que la televisión es
en blanco y negro, me pregunto por qué hice aquella
llamada, qué esperaba encontrar, qué pista;
ingenuo de mí, alquitranado. No fue hasta que llamé
a mi madre, quien me repitió de nuevo que no era
buena la idea de someterme a experimentos, vete tú
a saber, que otros medios tendría yo para conseguir
unos euros. Después de toda su perorata, muy al final,
casi cuando nos despedíamos, me preguntó que
en qué líos de faldas andaba metido, que una
mujer, siempre la misma, había llamado varias veces
preguntando por mí, interesada, poco amistosa, a
su modo de ver, complicada.
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