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Recuerdo la sombra de aquel árbol, alargada, la tarde fluctuando entre colinas verdes, el canto de las aves. El viento de colores, como una cometa, un brazo que se alarga para coger la fruta. Los helechos altos, en la medida de mi frente, el humo lejano de algunas chimeneas encendidas. Quietud y pausa. Los cencerros con su música de hierro, las alambradas tristes.
Era un paisaje detenido a las afueras, como si no perteneciese a la tierra, como si fuese de un sueño. Un sueño de tierra, sin embargo. El río y su hábitat de renacuajos y libélulas, los berros agrupados cerca de las aguas movedizas y más arriba, cruzando un puente de madera, el camino hacia otro monte. Caballos de la tierra pastando en su libertad de dentelladas limpias.
Recuerdo las sensaciones, el rocío de la mañana, la luna creciendo cielo adentro, la distancia entre las cabañas, los pasos infantiles y su brújula de juguete. La mano firme de mi abuelo sosteniendo mis sueños de camino, las cartas de los otros habitantes, el coñac soberano, el anís del mono. El zigzagueo de la radio.
Cuando los adultos jugaban, sospechaba que jugaban al engaño, para ganar, como se engaña al destino, o se pretende, y la luz amarillenta brotaba de una bombona de gas, y a veces se quemaba la camisa y todo se volvía oscuro. En aquellas noches, recuerdo, mientras los adultos jugaban, la Bulesa, que así la llamaban, me hablaba de seres diminutos que rondan la noche y los bosques.
Hay playas de aluminio donde el sol rebota y las hamacas se repliegan como peces muertos, flotando. Distancias entre tu rostro y el mío, como de planetas disputándose la noche. Las persianas sufren de amnesia, los horizontes cerrados, torpes, contra la ceniza, las aduanas del gesto, el beso traficando en cárceles de piel, la memoria alejándose, caminos de barro, bibliotecas, polígonos industriales.
Un segundo que escapa de los relojes, de nuestro tiempo, de la caricia última. Como si fuesen otras las manos, ásperas, arando los surcos de una espalda que guarda cicatrices y tatuajes. Las bombillas tristes, apagadas, el salón vacío, tan sólo las maletas, contra unas paredes que conocen la tragedia y la disputa de las cosas. La tiza, el calendario, las reproducciones de Pollock, ya no existen.
La ternura de los libros, la televisión plana, el silencio de las velas. Hay eco, también, en esta casa que ya no tiene nombre, acaso el de la calle. Pero hay tánta calle y tántas casas, con el mismo nombre. La brújula para encontrar los ascensores, el buzón de todas las noticias, las facturas, los catálogos, los anuncios de masajes, las peluquerías.
Al final, todo borroso, anuncia su mascarada el buen doctor, que sólo sabe de amores de los esqueletos, de las radiografías del alma, de la impaciencia de los adictos. Y percibes el final de todas las cosas, como el salón silencioso, alejándote contra el viento, sospechando que si miras atrás te convertirás en piedra, o en otro, y que las mareas también devuelven a la playa el abecedario de la memoria.
Es la conjetura lo que nos destruye, no la certeza. La verdad dispuesta en la alacena, los botes de cristal con su etiqueta, el abrazo de las citas perdiéndose en los andenes. Viejas locomotoras arrastrando vagones de circunstancia y cielo, oscuridad de túneles, el vino sobrante de los toneles. Una enfermedad que se trasmite al pisar de los charcos, alejada de los hospitales y los sanatorios.
Un hombre atrapado en las esquinas, sosteniendo la columna contra los edificios, murmurando lo que otros creen locura. “Estoy contento, a pesar de todo, con mi pasado y mis fracasos, puedes venir cuando quieras, la puerta permanece abierta. Pero no trates de convencerme, las esquinas son mi familia.”
Es más fuerte la soledad que el dios al que rezamos, las figuras de piedra en el jardín, los jardines de Luxemburgo en el patio trasero de la casa, las chimeneas muertas. La música que surge, de alguna parte, cuando sólo se escucha la melodía de un recuerdo, olvidada ya la letra. El saxo en expedición punitiva, pudieran ser los pulmones de Frank Morgan o Bradford Marsalis.
Invocación a la cordura, los dientes afilados para morder la vida, las cigueñas que no regresan a los campanarios tristes. El hombre se aleja buscando las tuberías de la noche, los portales sin portero, la intemperie. Y sigue mascullando palabras que nadie entiende. “He perdido el nombre, pero todos saben quién soy. No es triste la soledad, es la conjetura la que nos destruye.”
Ha oscurecido ya y las horas me cubren la espalda, sigiloso río del tiempo, anochecer palpitando en la esfera, acontecer de los suicidas. En un gesto breve, las cortinas corridas, he buscado con la mirada las luces de otras ventanas, y me ha parecido ver, en la mía, asomándose muy serio, el rostro de Flaubert. Y en ese momento han llamado al timbre, yo, que nunca abro la puerta, he pensado que quizá, se trate de Madame Bovary, con un vestido oscuro, que regresa con la intención de entregarme un libro nuevo.
Ha sido Flaubert, estoy convencido, no Pessoa o Virginia Wolf, o mi amigo Luis Amézaga, que a diferencia de los otros, aún continúa vivo. He llegado hasta la puerta blindada, ese armazón que me separa de los otros, madera muerta que recubre el hierro, las cerraduras de una intimidad que en ocasiones ofrezco, a pesar del miedo, de este tiempo de lamentos y palabras inventadas, como ociorón o marchipronto.
He buscado la realidad esperando encontrar un personaje que me hablase de su vida sin sangre ni alma ni conciencia. Ese pensar de la gente en lo que fue, no en lo que es, el diván de un psiquiatra, hundido a la altura de los riñones, lavativas emocionales, la enseñanza de maestros en la cavidad de la prepotencia, que arrojan la tiza cuando se les cuestiona el verbo, el número, la geografía. Enseñar no es sólo saber, implica un vínculo con lo desconocido y la ternura.
Andaba pensando, mezclándolo todo, tal vez a falta de sueño, o por tontería, cuando la realidad, al abrir la puerta, me ha mostrado a un tipo de unos cuarenta años, barba de algunos días, malos modales, tratando de venderme un libro. Sostenía una bolsa roja, donde, supongo, escondía otros libros como el que sujetaba en la mano, oxidado y desgastado, que es el que pretendía venderme, y cuyo título no he podido atisbar cuando le he dicho que sólo los adquiero en librerías, y él, muy airado, se ha girado mascullando vete a saber qué.
Y de regreso a mi cubículo he pensado que cuando esté a tu lado ya me habré marchado (que me suena a letra de canción), que las flores se habrán secado y las cuerdas de los violines se habrán rebelado en el concierto. La vela que siempre enciendo cuando escribo palpitará su último aliento de fuego contenido, y me sentaré de nuevo buscando el rostro de Flaubert entre el vaho que se ha formado en los cristales.
Regresar a la senda, el camino que destila su barro y las primeras golondrinas. El reguero de baba que dejan los caracoles, los fuegos mirándose en el espejo de la noche, las luces de las ciudades, lejanas. El hueco de las cornisas en los abrazos, los pájaros que se recuestan en las almohadas, la distancia entre las sombras que parecen trajes de una tierra heredada y seca.
La andadura a lomos de una respuesta que se pierde en el laberinto, el sabor de las embarcaciones que jamás regresan, las arrugas del día cuando el batir de las alas se ha detenido, cuando presagian el frío. Esas mariposas huérfanas que buscan refugio en la tarde extranjera, las aduanas el cuerpo, la sensación de buscar en la tierra, muy profundo, los cadáveres de los libros. De aquellos que despreciaron la carne, las sensaciones, los ojos y, sin embargo, parecen eternos.
Países de nunca jamás, donde la migraña de lo imperfecto se vuelve azul cuando duermen, las tropas sin ideales, el espacio acotado de las mentiras, el despertar abrupto de los ausentes, esa certeza de tener y saberlo todo.
Cuando no hay nada, agujeros negros, cuando no existe la definición y el verbo. La bondad como invención de todas las intenciones, la reflexión de los fósiles, el temblor de las hojas, los disfraces de nieve.
Hacerse de soledad en la cantina,, donde los hombres y mujeres cantan a la vida, la traición, al amor, despistarse en las carreteras secundarias, doblegar la voluntad hasta sentirse agua, esa distancia que dejan los libros en las estanterías. Regresar a la senda, olvidadas las promesas huecas de la cercanía, los mandamientos incumplidos, el derroche de todos los hombres y mujeres que sueñan en azul y luego olvidan.
La sencillez en la vida, el amor, la literatura, la vestimenta sin etiquetas ni anuncios, las mujeres y hombres que no desfilarán nunca en las pasarelas, la medida de todas las cosas bellas que no guardan proporción y son asimétricas y padecen defectos. La imperfección de los calendarios, tan rígidos como un maniquí que se despierta por las noches, cuando los comercios ya han cerrado las persianas y los autobuses regresan a las cocheras.
Columnas de humo que escriben en el cielo alfabetos imposibles, como si fuesen runas, catedrales de piedra blanca, partituras con una sola línea, el infinito del aliento cuando el contraste arroja el vaho, los labios quebrados, las pesquisas de los zapatos que aprietan nuestros pies, las uñas largas, el camino estrecho por donde transita el ganado. Esa fiereza de las hojas clavándose en la tierra.
Un despertar a la sencillez de las cosas, el amor, la vida, la literatura, la arrogante perspectiva de los edificios, el temblor de las moradas, la verdad en un rectángulo de hielo, las probabilidades. Esa temperatura que marcan los termómetros, equivocada, el frío atravesando los cristales, el sol desgastando las témperas. Las aves cruzan el cielo de nuestros sueños y nos despertamos olvidando la tentación, la sobredosis, la conjura ya escrita de los necios.
Vagabundos del absurdo caminando sobre la cuerda floja bajo la carpa de un circo donde los leones fingen y los payasos lloran. Abandonar toda epidemia, reencontrarse con las semillas olvidadas, hace tiempo, en lo alto del armario. Proyectar el teatro de la vida en la previsión astuta del jugador de ajedrez, los peones protegiendo al rey, tan torpe, sobre el tablero y la distancia. La paciencia de los esquimales.
Hay en todo ello, en ese devenir de las cosas, un contagio de promesas y anhelos, la palabra alzándose, muchachos despertando besos. Poemas jóvenes que describen la esperanza de amores torpes, amores que luego exigen contratos de arrendamiento y alquileres de jergones sucios. El tránsito necesario hacia la locura o la verdadera esencia de los elementos, la quietud, la sencillez de todas las cosas, la vida, el amor, la literatura.
No sé si fue un regalo de Reyes, cuando todavía guardaba mis muelas debajo de la almohada, cuando despertaba y la muela había desaparecido, y en su lugar, encontraba cinco duros. Atesoraba en la hucha lo que no me gastaba en golosinas en la tienda del barrio, y así acumulaba mi riqueza, sin propósito alguno, pensando, tal vez, en los airgamboys o los juegos reunidos Geyper.
Aquel acordeón que mi padre se trajo de Francia, siempre me pareció fascinante, con su brillo granate en el cuerpo, su hermosura de música que ahora recuerdo desafinada en mis manos. Nunca supe extender su fuelle ni manejar los pulmones, como un juego numérico imposible que abre las puertas, no ya de una casa, sino de un laberinto infinito como los sueños del barro.
Me plantaba frente al televisor en blanco y negro aguardando respuestas, cuando Urtain golpeaba con fuerza los rostros contrarios, y también fingí ser un boxeador inexperto, sin olvidarme del acordeón, que brillaba granate. Ni el correo del Zar ni los lobos de la vida y la tierra me hacían olvidar aquel instrumento, ni la abeja Maya, que fue ganando color en un progreso que, entonces, parecía cosa de hechiceros y magos.
Pasaron los años, el movimiento de las figuras de cera, el recelo de los bedeles y supe que la vida es aquello que se nos oculta en el temblor de los naipes, en el juego de la ruleta. Que la vida se nos va, sin saberlo, en los ascensores lentos de doble puerta, en la letra pequeña de los diccionarios, en los cuentos de Andersen.
Un día averigüé que el acordeón es un instrumento de viento mecánico, que no funciona a través del soplo humano, sino a través de un mecanismo. Que el invento se registró como acordion en 1829, por un austriaco llamado Marck Muñichz, aunque su invento se atribuye al emperador chino Nyu-Kwa, de eso hace ya 3000 años antes de Cristo.
Descubrí, entonces, que la ignorancia de los niños resulta tan sabia como aquellos libros que ardieron, en hogueras de la guerra, en inquisiciones de rabia, en el lamento de los perros. Una tarde supe que Urtain se había lanzado desde una azotea hasta aplastarse en el suelo y no pude evitar pensar en ese acordeón que un día, no sé si de Reyes, mi padre trajo de Francia y que, ahora, en mi memoria con su brillo granate, desapareció de mi vida con mi aliento de niño en sus fuelles.
A veces tengo la sensación de que no todo fue negativo, de que las cosas fluyeron como esa nieve, cuando cada copo cae en su sitio, cuando tenemos miedo, ilusión, perspectiva de horizontes lejanos, películas en blanco y negro donde el amor se disfraza de dama, de duende, de gran Gatsby, flirteando en fiestas opulentas y alcoholizadas. Desciendo entonces a la vida, al tránsito de las cosas más hermosas, a los autobuses vacíos, al encefalograma plano, a la búsqueda de sensaciones, experiencia del tiempo.
Y revivo, después de muerto, en esta vida de coraje y fortuna, de transición y palabra, no siempre rebelde, como esos combatientes que vieron la tierra lejana, las oportunidades perdidas, el corazón de la bestia. La vida es, en cada uno, participio presente y entrega, voluntad y coraje, mentira y sapiencia. Y entonces me observo, a través de los siglos, reflejado en los tatuajes que cubren mi cuerpo.
Cada uno sostiene sus mística, su motivo, la especulación de la carne a través de la piel, la palabra, el silogismo de una ausencia que, tal vez, necesitamos cubrir como un campo de amapolas, los girasoles cambiando de postura, la impostura del necio. He querido saber, desde hace tiempo, cuál es la virtud de los hombres, mujeres, que ahuyentaron la memoria en garajes oscuros, en los páramos de Rulfo, en el sentir de las especies que evolucionan, sin conocer la tristeza, el pasado difunto, las penalidades del éxodo.
Conozco la tristeza y el llanto, la alegría y la euforia, el desencanto, también, de los amigos que fueron tristes y amargos. Mi primer tatuaje, como una ofrenda, como un objeto que se cuelga de los armarios, fue un león de aspecto oriental, cuando pensaba que todo estaba acabado, cuando el gesto de los otros se me torcía, como traducir al latín mis sentimientos más profundos, que me requería tirar de un diccionario que no siempre encuentra la traducción adecuada. Cumplí la promesa de los cielos perdidos, de las ánforas distantes en barcos hundidos, de las flores creciendo en macetas que cuelgan de los balcones.
Contemplo mi rostro, hace años perdido en el gesto de las figuras de barro, y encuentro, de nuevo, esa ausencia y presencia, esos ojos sin miedo. Y me doy cuenta de que todo regresa y la venganza resulta tan torpe como la soga de los ahorcados, las raíces sin tierra, el abandono de la manada. Y encuentro a mi paso voluntad y mentira, es cierto, pero sigo rezando a mi dios sin altares, y leyendo esos libros que escriben los otros, atentos, distantes, conformes a un tiempo del que soy cómplice, y no lo descubro, porque no sé nada, porque soy nuevo, materia y principio, voluntad y presagio, gárgola ausente, solitaria, que evacúa sus miedos.
Regreso del cansancio y los rostros transmutando los sueños, el temblor de los tambores en los salones despoblados, cuando se escucha el sonido de cristales rotos y el arrogante marfil de los animales enjaulados, como gota de sudor, recorre la frente y la espalda. Ese momento real, cuando las cosas quedan en el aire, suspendidas como hojas de otoño, la fórmula de las distancias y el miedo.
Cuando el cuerpo busca sensaciones, tal vez olvidadas, desconocidas tal vez en su búsqueda de islas y castillos enfermos de historia. En ese precipicio de los sillones polvorientos, en el ángulo oscuro del poema, en esos músculos que se tensan cuando sostienen el aire, la fatiga, el interrogante perfecto. La niñez en un vaso de agua, derramando su última gota sobre la maceta y su censura.
Regreso inmune, después de todo, ajeno a los fuegos de artificio que enturbian los cielos de mi memoria y el objeto que relaja mi mente, cuando giran sus símbolos, en la cadencia de ciertas palabras que fueron de fuego, antes que letras y código, en el abandono de los talleres donde se fabrican balas y plumas, cartuchos de tinta y de pólvora, aspersores ciegos.
Resulta alegre, feliz el encuentro, atípico después del abrazo que supuse de alambre, de clavos, encontrarse en ese espacio conocido donde suceden cosas, donde llueve y los columpios se oxidan. Donde se fraguan las leyes, cada mañana, para consumirlas como el pan, que se vuelve duro,, como los barrotes, las puertas blindadas. Es bello saberse, de nuevo, en esa quietud que devuelve el cansancio, después del descanso y esos restos que quedan, como marea de los sueños, que son restos de algas, promesas, sensaciones, diálogos sordos, grandeza.
No siempre se gana, en esa batalla continua del hombre contra el hombre, contra sí mismo, el espejo, la inclemencia, los pasos lentos de la madrugada. Es necesario, a veces, coserse los bolsillos para no perder el tiempo, esa distancia de agujas por donde circulan viejos coches, Kerouac al volante, haciendo camino. Es necesario controlar el rencor, saber aparcar marcha atrás entre las columnas de los garajes. Son tristes los garajes, apenas iluminados en su guardería de velocidades quietas.
Un hombre solo no es nada si se enfrenta a las grandes compañías del petróleo, las farmaceúticas, los medios de comunicación, los mercaderes. Pero un hombre solo es eterno cuando su equilibrio le permite juzgarse a sí mismo y las circunstancias, cuando nadie consigue devorar sus recuerdos de carne, sus amores marchitos. A veces los ríos bajan distantes, como excluyéndote de sus aguas.
Es eterna la palabra en ese rumor del tiempo superpuesto, en el desquite y las habitaciones amuebladas. Donde las cortinas son las mismas, el papel de la pared, la máquina de escribir, donde al entrar uno percibe sensaciones agradables, distintas, confusas, porque no se entiende la sencillez si no cuesta, si es gratuita, en esas largas listas de la compra, en esas tarjetas que invaden paredes, en esos códigos que activan programas.
Y tal vez así suceden las cosas, casi sin darnos cuenta, sosteniendo el valor, visitando lugares que se despliegan sobre los mapas poco antes de visitarlos, encogiéndose de hombros en la despedida de los amantes, proyectando el sudor de los jornaleros. Regresar, después de los siglos, al único lugar posible, tal vez el único, el que abandonamos un día, sin darnos cuenta, sin percatarnos que allí se iniciaba el sendero, la búsqueda, lo prohibido.
Hay ocasiones en las que dejo de pensar, o de ser consciente, evaluar las cosas, programar las horas. Y me quedo como muerto mirando el techo, la pared, un punto imaginario, los pasos heredados. Las puertas se cierran todas de golpe y la oscuridad se arroja contra las ventanas, y entonces no queda nada. Quedamos yo y viejos fantasmas, que nunca se fueron, que llegaron sin hacer ruido desde mi memoria al miedo, al recuerdo, al párpado que cerré, al vino que derramé, a otras vidas que fueron y no fueron mías.
Rostros y nombres que me reclaman, que me exigen explicaciones y no sé decirles nada, ni convencerles, no es necesario, de la torpeza, de mis heridas, del nombre de las batallas que sólo figuran en las huellas dactilares. Sospecho que algún día volverán a abrir las puertas y dejarán pasar la luz de los amaneceres tránsfugas, para iluminar todo cuanto ignoro, para sentirse bien cuando les diga que no fui yo, que fue otro.
Hay cosas que ya no recuerdo, pero ahí está los fantasmas para susurrarme los nombres ausentes que se alejaron, para recordarme las promesas incumplidas, el veneno que dejé caer, inconsciente, sobre los labios húmedos de los nonatos. No saben el peso que ha de soportar la duda, la exigencia de lo que ignoro, cuando miro hacia atrás y la niebla se ha formado, cegándolo todo. Quisiera preguntarles cosas, explicarles, si es posible, el origen de la decadencia, tocarles con mis manos para que sientan que están calientes.
Quisiera encontrar la paz que tampoco ellos tienen, convertir el temblor en pausa, el desasosiego en la vitalidad que requieren los poemas, los abrazos, las miradas cómplices.
En esas ocasiones que no son vacío ni tampoco inspiración o remordimiento, que son ese punto imaginario, los fantasmas me miran, como si fuera un perro viejo, una serpiente, una planta seca, el heredero del fracaso y entonces quisiera decirles que no, explicarles que muy adentro, hay patios y huertos y semillas nuevas. Que el abecedario de mi rutina fu dejando por el camino las vocales, las consonantes que sobraban, porque no decían nada, en su inutilidad y servidumbre, en su música contradictoria y muda.
Ya cuando me quedo solo, cuando se han marchado, me llegan imágenes de otras paredes, cazuelas ordenadas, paisajes donde los armarios protegían las puertas, el paquete de tabaco casi vacío, recitales de poesía, botellas de coñac, balcones y procesiones, proyectos de papel y sellos de catorce pelas.
En el remite los nombres que, ahora ignoro, seguirán firmando otros acuses de recibo, pensando en aquel pedazo de barro que dejaron incompleto y que ahora seduce la quietud y poco a poco va amaestrando esa quimera que es la duda, esperando, si es necesario, el perdón, ni siquiera sé el motivo, porque se lo llevan los fantasmas y cuando regresan no dicen nada.
Cinco relatos de © Adolfo Marchena, todos los derechos reservados:

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Y poemas de sus libros " musicalidad de los tejados" y "Los bolsillos de Rimbaud"

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Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras