MIS
DIAS EN FACEBOOK
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Recuerdo la sombra de aquel
árbol, alargada, la tarde fluctuando entre colinas
verdes, el canto de las aves. El viento de colores, como una
cometa, un brazo que se alarga para coger la fruta. Los helechos
altos, en la medida de mi frente, el humo lejano de algunas
chimeneas encendidas. Quietud y pausa. Los cencerros con su
música de hierro, las alambradas tristes.
Era un paisaje detenido a las afueras, como si no perteneciese
a la tierra, como si fuese de un sueño. Un sueño
de tierra, sin embargo. El río y su hábitat
de renacuajos y libélulas, los berros agrupados cerca
de las aguas movedizas y más arriba, cruzando un puente
de madera, el camino hacia otro monte. Caballos de la tierra
pastando en su libertad de dentelladas limpias.
Recuerdo las sensaciones, el rocío de la mañana,
la luna creciendo cielo adentro, la distancia entre las cabañas,
los pasos infantiles y su brújula de juguete. La mano
firme de mi abuelo sosteniendo mis sueños de camino,
las cartas de los otros habitantes, el coñac soberano,
el anís del mono. El zigzagueo de la radio.
Cuando los adultos jugaban, sospechaba que jugaban al engaño,
para ganar, como se engaña al destino, o se pretende,
y la luz amarillenta brotaba de una bombona de gas, y a veces
se quemaba la camisa y todo se volvía oscuro. En aquellas
noches, recuerdo, mientras los adultos jugaban, la Bulesa,
que así la llamaban, me hablaba de seres diminutos
que rondan la noche y los bosques.
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Hay playas de aluminio donde
el sol rebota y las hamacas se repliegan como peces muertos,
flotando. Distancias entre tu rostro y el mío, como
de planetas disputándose la noche. Las persianas sufren
de amnesia, los horizontes cerrados, torpes, contra la ceniza,
las aduanas del gesto, el beso traficando en cárceles
de piel, la memoria alejándose, caminos de barro, bibliotecas,
polígonos industriales.
Un segundo que escapa de los relojes, de nuestro tiempo, de
la caricia última. Como si fuesen otras las manos,
ásperas, arando los surcos de una espalda que guarda
cicatrices y tatuajes. Las bombillas tristes, apagadas, el
salón vacío, tan sólo las maletas, contra
unas paredes que conocen la tragedia y la disputa de las cosas.
La tiza, el calendario, las reproducciones de Pollock, ya
no existen.
La ternura de los libros, la televisión plana, el silencio
de las velas. Hay eco, también, en esta casa que ya
no tiene nombre, acaso el de la calle. Pero hay tánta
calle y tántas casas, con el mismo nombre. La brújula
para encontrar los ascensores, el buzón de todas las
noticias, las facturas, los catálogos, los anuncios
de masajes, las peluquerías.
Al final, todo borroso, anuncia su mascarada el buen doctor,
que sólo sabe de amores de los esqueletos, de las radiografías
del alma, de la impaciencia de los adictos. Y percibes el
final de todas las cosas, como el salón silencioso,
alejándote contra el viento, sospechando que si miras
atrás te convertirás en piedra, o en otro, y
que las mareas también devuelven a la playa el abecedario
de la memoria.
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Es la conjetura lo que nos
destruye, no la certeza. La verdad dispuesta en la alacena,
los botes de cristal con su etiqueta, el abrazo de las citas
perdiéndose en los andenes. Viejas locomotoras arrastrando
vagones de circunstancia y cielo, oscuridad de túneles,
el vino sobrante de los toneles. Una enfermedad que se trasmite
al pisar de los charcos, alejada de los hospitales y los sanatorios.
Un hombre atrapado en las esquinas, sosteniendo la columna
contra los edificios, murmurando lo que otros creen locura.
“Estoy contento, a pesar de todo, con mi pasado y mis
fracasos, puedes venir cuando quieras, la puerta permanece
abierta. Pero no trates de convencerme, las esquinas son mi
familia.”
Es más fuerte la soledad que el dios al que rezamos,
las figuras de piedra en el jardín, los jardines de
Luxemburgo en el patio trasero de la casa, las chimeneas muertas.
La música que surge, de alguna parte, cuando sólo
se escucha la melodía de un recuerdo, olvidada ya la
letra. El saxo en expedición punitiva, pudieran ser
los pulmones de Frank Morgan o Bradford Marsalis.
Invocación a la cordura, los dientes afilados para
morder la vida, las cigueñas que no regresan a los
campanarios tristes. El hombre se aleja buscando las tuberías
de la noche, los portales sin portero, la intemperie. Y sigue
mascullando palabras que nadie entiende. “He perdido
el nombre, pero todos saben quién soy. No es triste
la soledad, es la conjetura la que nos destruye.”
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Ha oscurecido ya y las horas
me cubren la espalda, sigiloso río del tiempo, anochecer
palpitando en la esfera, acontecer de los suicidas. En un
gesto breve, las cortinas corridas, he buscado con la mirada
las luces de otras ventanas, y me ha parecido ver, en la mía,
asomándose muy serio, el rostro de Flaubert. Y en ese
momento han llamado al timbre, yo, que nunca abro la puerta,
he pensado que quizá, se trate de Madame Bovary, con
un vestido oscuro, que regresa con la intención de
entregarme un libro nuevo.
Ha sido Flaubert, estoy convencido, no Pessoa o Virginia Wolf,
o mi amigo Luis Amézaga, que a diferencia de los otros,
aún continúa vivo. He llegado hasta la puerta
blindada, ese armazón que me separa de los otros, madera
muerta que recubre el hierro, las cerraduras de una intimidad
que en ocasiones ofrezco, a pesar del miedo, de este tiempo
de lamentos y palabras inventadas, como ociorón o marchipronto.
He buscado la realidad esperando encontrar un personaje que
me hablase de su vida sin sangre ni alma ni conciencia. Ese
pensar de la gente en lo que fue, no en lo que es, el diván
de un psiquiatra, hundido a la altura de los riñones,
lavativas emocionales, la enseñanza de maestros en
la cavidad de la prepotencia, que arrojan la tiza cuando se
les cuestiona el verbo, el número, la geografía.
Enseñar no es sólo saber, implica un vínculo
con lo desconocido y la ternura.
Andaba pensando, mezclándolo todo, tal vez a falta
de sueño, o por tontería, cuando la realidad,
al abrir la puerta, me ha mostrado a un tipo de unos cuarenta
años, barba de algunos días, malos modales,
tratando de venderme un libro. Sostenía una bolsa roja,
donde, supongo, escondía otros libros como el que sujetaba
en la mano, oxidado y desgastado, que es el que pretendía
venderme, y cuyo título no he podido atisbar cuando
le he dicho que sólo los adquiero en librerías,
y él, muy airado, se ha girado mascullando vete a saber
qué.
Y de regreso a mi cubículo he pensado que cuando esté
a tu lado ya me habré marchado (que me suena a letra
de canción), que las flores se habrán secado
y las cuerdas de los violines se habrán rebelado en
el concierto. La vela que siempre enciendo cuando escribo
palpitará su último aliento de fuego contenido,
y me sentaré de nuevo buscando el rostro de Flaubert
entre el vaho que se ha formado en los cristales.
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Regresar a la senda, el camino
que destila su barro y las primeras golondrinas. El reguero
de baba que dejan los caracoles, los fuegos mirándose
en el espejo de la noche, las luces de las ciudades, lejanas.
El hueco de las cornisas en los abrazos, los pájaros
que se recuestan en las almohadas, la distancia entre las
sombras que parecen trajes de una tierra heredada y seca.
La andadura a lomos de una respuesta que se pierde en el laberinto,
el sabor de las embarcaciones que jamás regresan, las
arrugas del día cuando el batir de las alas se ha detenido,
cuando presagian el frío. Esas mariposas huérfanas
que buscan refugio en la tarde extranjera, las aduanas el
cuerpo, la sensación de buscar en la tierra, muy profundo,
los cadáveres de los libros. De aquellos que despreciaron
la carne, las sensaciones, los ojos y, sin embargo, parecen
eternos.
Países de nunca jamás, donde la migraña
de lo imperfecto se vuelve azul cuando duermen, las tropas
sin ideales, el espacio acotado de las mentiras, el despertar
abrupto de los ausentes, esa certeza de tener y saberlo todo.
Cuando no hay nada, agujeros negros, cuando no existe la definición
y el verbo. La bondad como invención de todas las intenciones,
la reflexión de los fósiles, el temblor de las
hojas, los disfraces de nieve.
Hacerse de soledad en la cantina,, donde los hombres y mujeres
cantan a la vida, la traición, al amor, despistarse
en las carreteras secundarias, doblegar la voluntad hasta
sentirse agua, esa distancia que dejan los libros en las estanterías.
Regresar a la senda, olvidadas las promesas huecas de la cercanía,
los mandamientos incumplidos, el derroche de todos los hombres
y mujeres que sueñan en azul y luego olvidan.
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La sencillez en la vida,
el amor, la literatura, la vestimenta sin etiquetas ni anuncios,
las mujeres y hombres que no desfilarán nunca en las
pasarelas, la medida de todas las cosas bellas que no guardan
proporción y son asimétricas y padecen defectos.
La imperfección de los calendarios, tan rígidos
como un maniquí que se despierta por las noches, cuando
los comercios ya han cerrado las persianas y los autobuses
regresan a las cocheras.
Columnas de humo que escriben en el cielo alfabetos imposibles,
como si fuesen runas, catedrales de piedra blanca, partituras
con una sola línea, el infinito del aliento cuando
el contraste arroja el vaho, los labios quebrados, las pesquisas
de los zapatos que aprietan nuestros pies, las uñas
largas, el camino estrecho por donde transita el ganado. Esa
fiereza de las hojas clavándose en la tierra.
Un despertar a la sencillez de las cosas, el amor, la vida,
la literatura, la arrogante perspectiva de los edificios,
el temblor de las moradas, la verdad en un rectángulo
de hielo, las probabilidades. Esa temperatura que marcan los
termómetros, equivocada, el frío atravesando
los cristales, el sol desgastando las témperas. Las
aves cruzan el cielo de nuestros sueños y nos despertamos
olvidando la tentación, la sobredosis, la conjura ya
escrita de los necios.
Vagabundos del absurdo caminando sobre la cuerda floja bajo
la carpa de un circo donde los leones fingen y los payasos
lloran. Abandonar toda epidemia, reencontrarse con las semillas
olvidadas, hace tiempo, en lo alto del armario. Proyectar
el teatro de la vida en la previsión astuta del jugador
de ajedrez, los peones protegiendo al rey, tan torpe, sobre
el tablero y la distancia. La paciencia de los esquimales.
Hay en todo ello, en ese devenir de las cosas, un contagio
de promesas y anhelos, la palabra alzándose, muchachos
despertando besos. Poemas jóvenes que describen la
esperanza de amores torpes, amores que luego exigen contratos
de arrendamiento y alquileres de jergones sucios. El tránsito
necesario hacia la locura o la verdadera esencia de los elementos,
la quietud, la sencillez de todas las cosas, la vida, el amor,
la literatura.
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No sé si fue un regalo
de Reyes, cuando todavía guardaba mis muelas debajo
de la almohada, cuando despertaba y la muela había
desaparecido, y en su lugar, encontraba cinco duros. Atesoraba
en la hucha lo que no me gastaba en golosinas en la tienda
del barrio, y así acumulaba mi riqueza, sin propósito
alguno, pensando, tal vez, en los airgamboys o los juegos
reunidos Geyper.
Aquel acordeón que mi padre se trajo de Francia, siempre
me pareció fascinante, con su brillo granate en el
cuerpo, su hermosura de música que ahora recuerdo desafinada
en mis manos. Nunca supe extender su fuelle ni manejar los
pulmones, como un juego numérico imposible que abre
las puertas, no ya de una casa, sino de un laberinto infinito
como los sueños del barro.
Me plantaba frente al televisor en blanco y negro aguardando
respuestas, cuando Urtain golpeaba con fuerza los rostros
contrarios, y también fingí ser un boxeador
inexperto, sin olvidarme del acordeón, que brillaba
granate. Ni el correo del Zar ni los lobos de la vida y la
tierra me hacían olvidar aquel instrumento, ni la abeja
Maya, que fue ganando color en un progreso que, entonces,
parecía cosa de hechiceros y magos.
Pasaron los años, el movimiento de las figuras de cera,
el recelo de los bedeles y supe que la vida es aquello que
se nos oculta en el temblor de los naipes, en el juego de
la ruleta. Que la vida se nos va, sin saberlo, en los ascensores
lentos de doble puerta, en la letra pequeña de los
diccionarios, en los cuentos de Andersen.
Un día averigüé que el acordeón
es un instrumento de viento mecánico, que no funciona
a través del soplo humano, sino a través de
un mecanismo. Que el invento se registró como acordion
en 1829, por un austriaco llamado Marck Muñichz, aunque
su invento se atribuye al emperador chino Nyu-Kwa, de eso
hace ya 3000 años antes de Cristo.
Descubrí, entonces, que la ignorancia de los niños
resulta tan sabia como aquellos libros que ardieron, en hogueras
de la guerra, en inquisiciones de rabia, en el lamento de
los perros. Una tarde supe que Urtain se había lanzado
desde una azotea hasta aplastarse en el suelo y no pude evitar
pensar en ese acordeón que un día, no sé
si de Reyes, mi padre trajo de Francia y que, ahora, en mi
memoria con su brillo granate, desapareció de mi vida
con mi aliento de niño en sus fuelles.
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A veces tengo la sensación
de que no todo fue negativo, de que las cosas fluyeron como
esa nieve, cuando cada copo cae en su sitio, cuando tenemos
miedo, ilusión, perspectiva de horizontes lejanos,
películas en blanco y negro donde el amor se disfraza
de dama, de duende, de gran Gatsby, flirteando en fiestas
opulentas y alcoholizadas. Desciendo entonces a la vida, al
tránsito de las cosas más hermosas, a los autobuses
vacíos, al encefalograma plano, a la búsqueda
de sensaciones, experiencia del tiempo.
Y revivo, después de muerto, en esta vida de coraje
y fortuna, de transición y palabra, no siempre rebelde,
como esos combatientes que vieron la tierra lejana, las oportunidades
perdidas, el corazón de la bestia. La vida es, en cada
uno, participio presente y entrega, voluntad y coraje, mentira
y sapiencia. Y entonces me observo, a través de los
siglos, reflejado en los tatuajes que cubren mi cuerpo.
Cada uno sostiene sus mística, su motivo, la especulación
de la carne a través de la piel, la palabra, el silogismo
de una ausencia que, tal vez, necesitamos cubrir como un campo
de amapolas, los girasoles cambiando de postura, la impostura
del necio. He querido saber, desde hace tiempo, cuál
es la virtud de los hombres, mujeres, que ahuyentaron la memoria
en garajes oscuros, en los páramos de Rulfo, en el
sentir de las especies que evolucionan, sin conocer la tristeza,
el pasado difunto, las penalidades del éxodo.
Conozco la tristeza y el llanto, la alegría y la euforia,
el desencanto, también, de los amigos que fueron tristes
y amargos. Mi primer tatuaje, como una ofrenda, como un objeto
que se cuelga de los armarios, fue un león de aspecto
oriental, cuando pensaba que todo estaba acabado, cuando el
gesto de los otros se me torcía, como traducir al latín
mis sentimientos más profundos, que me requería
tirar de un diccionario que no siempre encuentra la traducción
adecuada. Cumplí la promesa de los cielos perdidos,
de las ánforas distantes en barcos hundidos, de las
flores creciendo en macetas que cuelgan de los balcones.
Contemplo mi rostro, hace años perdido en el gesto
de las figuras de barro, y encuentro, de nuevo, esa ausencia
y presencia, esos ojos sin miedo. Y me doy cuenta de que todo
regresa y la venganza resulta tan torpe como la soga de los
ahorcados, las raíces sin tierra, el abandono de la
manada. Y encuentro a mi paso voluntad y mentira, es cierto,
pero sigo rezando a mi dios sin altares, y leyendo esos libros
que escriben los otros, atentos, distantes, conformes a un
tiempo del que soy cómplice, y no lo descubro, porque
no sé nada, porque soy nuevo, materia y principio,
voluntad y presagio, gárgola ausente, solitaria, que
evacúa sus miedos.
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Regreso del cansancio y los
rostros transmutando los sueños, el temblor de los
tambores en los salones despoblados, cuando se escucha el
sonido de cristales rotos y el arrogante marfil de los animales
enjaulados, como gota de sudor, recorre la frente y la espalda.
Ese momento real, cuando las cosas quedan en el aire, suspendidas
como hojas de otoño, la fórmula de las distancias
y el miedo.
Cuando el cuerpo busca sensaciones, tal vez olvidadas, desconocidas
tal vez en su búsqueda de islas y castillos enfermos
de historia. En ese precipicio de los sillones polvorientos,
en el ángulo oscuro del poema, en esos músculos
que se tensan cuando sostienen el aire, la fatiga, el interrogante
perfecto. La niñez en un vaso de agua, derramando su
última gota sobre la maceta y su censura.
Regreso inmune, después de todo, ajeno a los fuegos
de artificio que enturbian los cielos de mi memoria y el objeto
que relaja mi mente, cuando giran sus símbolos, en
la cadencia de ciertas palabras que fueron de fuego, antes
que letras y código, en el abandono de los talleres
donde se fabrican balas y plumas, cartuchos de tinta y de
pólvora, aspersores ciegos.
Resulta alegre, feliz el encuentro, atípico después
del abrazo que supuse de alambre, de clavos, encontrarse en
ese espacio conocido donde suceden cosas, donde llueve y los
columpios se oxidan. Donde se fraguan las leyes, cada mañana,
para consumirlas como el pan, que se vuelve duro,, como los
barrotes, las puertas blindadas. Es bello saberse, de nuevo,
en esa quietud que devuelve el cansancio, después del
descanso y esos restos que quedan, como marea de los sueños,
que son restos de algas, promesas, sensaciones, diálogos
sordos, grandeza.
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No siempre se gana, en esa
batalla continua del hombre contra el hombre, contra sí
mismo, el espejo, la inclemencia, los pasos lentos de la madrugada.
Es necesario, a veces, coserse los bolsillos para no perder
el tiempo, esa distancia de agujas por donde circulan viejos
coches, Kerouac al volante, haciendo camino. Es necesario
controlar el rencor, saber aparcar marcha atrás entre
las columnas de los garajes. Son tristes los garajes, apenas
iluminados en su guardería de velocidades quietas.
Un hombre solo no es nada si se enfrenta a las grandes compañías
del petróleo, las farmaceúticas, los medios
de comunicación, los mercaderes. Pero un hombre solo
es eterno cuando su equilibrio le permite juzgarse a sí
mismo y las circunstancias, cuando nadie consigue devorar
sus recuerdos de carne, sus amores marchitos. A veces los
ríos bajan distantes, como excluyéndote de sus
aguas.
Es eterna la palabra en ese rumor del tiempo superpuesto,
en el desquite y las habitaciones amuebladas. Donde las cortinas
son las mismas, el papel de la pared, la máquina de
escribir, donde al entrar uno percibe sensaciones agradables,
distintas, confusas, porque no se entiende la sencillez si
no cuesta, si es gratuita, en esas largas listas de la compra,
en esas tarjetas que invaden paredes, en esos códigos
que activan programas.
Y tal vez así suceden las cosas, casi sin darnos cuenta,
sosteniendo el valor, visitando lugares que se despliegan
sobre los mapas poco antes de visitarlos, encogiéndose
de hombros en la despedida de los amantes, proyectando el
sudor de los jornaleros. Regresar, después de los siglos,
al único lugar posible, tal vez el único, el
que abandonamos un día, sin darnos cuenta, sin percatarnos
que allí se iniciaba el sendero, la búsqueda,
lo prohibido.
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Hay ocasiones en las que
dejo de pensar, o de ser consciente, evaluar las cosas, programar
las horas. Y me quedo como muerto mirando el techo, la pared,
un punto imaginario, los pasos heredados. Las puertas se cierran
todas de golpe y la oscuridad se arroja contra las ventanas,
y entonces no queda nada. Quedamos yo y viejos fantasmas,
que nunca se fueron, que llegaron sin hacer ruido desde mi
memoria al miedo, al recuerdo, al párpado que cerré,
al vino que derramé, a otras vidas que fueron y no
fueron mías.
Rostros y nombres que me reclaman, que me exigen explicaciones
y no sé decirles nada, ni convencerles, no es necesario,
de la torpeza, de mis heridas, del nombre de las batallas
que sólo figuran en las huellas dactilares. Sospecho
que algún día volverán a abrir las puertas
y dejarán pasar la luz de los amaneceres tránsfugas,
para iluminar todo cuanto ignoro, para sentirse bien cuando
les diga que no fui yo, que fue otro.
Hay cosas que ya no recuerdo, pero ahí está
los fantasmas para susurrarme los nombres ausentes que se
alejaron, para recordarme las promesas incumplidas, el veneno
que dejé caer, inconsciente, sobre los labios húmedos
de los nonatos. No saben el peso que ha de soportar la duda,
la exigencia de lo que ignoro, cuando miro hacia atrás
y la niebla se ha formado, cegándolo todo. Quisiera
preguntarles cosas, explicarles, si es posible, el origen
de la decadencia, tocarles con mis manos para que sientan
que están calientes.
Quisiera encontrar la paz que tampoco ellos tienen, convertir
el temblor en pausa, el desasosiego en la vitalidad que requieren
los poemas, los abrazos, las miradas cómplices.
En esas ocasiones que no son vacío ni tampoco inspiración
o remordimiento, que son ese punto imaginario, los fantasmas
me miran, como si fuera un perro viejo, una serpiente, una
planta seca, el heredero del fracaso y entonces quisiera decirles
que no, explicarles que muy adentro, hay patios y huertos
y semillas nuevas. Que el abecedario de mi rutina fu dejando
por el camino las vocales, las consonantes que sobraban, porque
no decían nada, en su inutilidad y servidumbre, en
su música contradictoria y muda.
Ya cuando me quedo solo, cuando se han marchado, me llegan
imágenes de otras paredes, cazuelas ordenadas, paisajes
donde los armarios protegían las puertas, el paquete
de tabaco casi vacío, recitales de poesía, botellas
de coñac, balcones y procesiones, proyectos de papel
y sellos de catorce pelas.
En el remite los nombres que, ahora ignoro, seguirán
firmando otros acuses de recibo, pensando en aquel pedazo
de barro que dejaron incompleto y que ahora seduce la quietud
y poco a poco va amaestrando esa quimera que es la duda, esperando,
si es necesario, el perdón, ni siquiera sé el
motivo, porque se lo llevan los fantasmas y cuando regresan
no dicen nada.
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