PERPETUIDAD
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| Una inmensa nube lo cubría todo. Por encima
de los bosques y las ciudades y los hombres y mujeres. Como
un manto oscuro, como una carpa de axfisia. Se extendía
la nube por todos los pueblos y ciudades del mundo. Una prolongación
también oscura de los mares y ambas manos tratando de
calmar el desasosiego. Aconteció hace muchas décadas,
como una maldición bíblica; una plaga en su condición
de nube abarcando el cielo entero. Sucedió un día,
de repente, en un amanecer que supusieron tierno, esa espiral
de colores y luz en perspectiva diferente y nueva. Los más
ancianos lo recordaban como un hachazo a los ojos, un irse la
piel trastocándose blanquecina ante la falta de los rayos
de sol. La piel enjaulada en la desidia de todas las mañanas
venideras. Un decir que se perdió y se olvidó,
ante lo obstinado de la nube y su indolencia. |
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| Todos supusieron que pasaría, que todo regresaría
junto al canto de los pájaros. Enmudecidos los pájaros,
en su batir de alas tras un destino fragmentado. La vista se
fue acostumbrando a ese caótico cielo. Una extensión
perpetua que sólo provoca inquietud y miedo. Una oscuridad
reacia al reflejo en los espejos. Lo lugareños no recordaban
otra sensación salvo la negrura que invadía sus
hogares y el horizonte. La misma nostalgia que acompaña
a los exiliados, cuando su patria se encuentra lejos y el regreso
resulta una quimera. Un mundo donde las sombras obedecen sólo
a la luz artificial. Como un castigo –decían-,
somos maniquíes desnudos, simiente de la probabilidad,
piezas que se desprenden. Transcurrieron décadas, en
esa obstinación y perpetuidad –así lo creyeron-
que convertía el amanecer en una utopía. Una mañana
se percataron de que todo había cambiado. |
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| El cielo se mostraba azul, un cielo que progresaba incipiente
en su lento avance, cada vez más acelerado, cada vez
más claro. Escocían los ojos y se vieron obligados
a ahumar los cristales para acostumbrarse y aceptar que, acaso,
el castigo había concluido. La piel de la cara, el torso,
los brazos descubiertos se quemaron. Las pieles, desacostumbradas,
enrojecieron con la rapidez de la cascada en su impulso último
desde la altura. Algunos se volvieron locos y en su locura exageraron
la caída de los cuerpos contra el suelo. El castigo de
Dios -vaticinaban otros- ha concluido. |
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| Aquel día en que el azul regresó,
de nuevo, al cielo, instauraron el inicio de una nueva era.
Lo tenebroso cesó para dar paso a las cosechas y consignar
el orden ya olvidado; la noche y el día; los atardeceres.
Por un instante todo se tornó quietud y admiración,
hasta que llegó la costumbre. Somos diletantes del olvido,
herejes con una memoria que maquilla el dolor para no perpetuar
su deuda. Cuerpo adentro, algunas sensaciones huérfanas
regresaron para advertirles de su existencia. La vida, como
una secuencia nueva en detrimento del abandono. La vida y su
seducción de propósitos y eternidades. Toda la
humanidad en su promesa de no volver a caer en el mismo abismo
siempre. La demencia por encontrar lo que no nos pertenece ni
merecemos. Y esas islas que anhelamos, donde habitar y construir
un destino diferente. Reconocer que somos también parte
de la tierra. Esa tierra a la que pertenecemos y acepta la lluvia,
el sol y la vendimia. Esa tierra que no exige pero se niega
a ser reconocida como única frontera. La paz que debió
reinar antes del castigo, porque todos pensaron que lo improbable
no era posible. Porque no dejamos de ser el desliz de un paredón
y su historia, donde se ocultan las balas y un día los
niños pintaron extrañas figuras. Mañana
ya no será otro día, será el siguiente;
algo nuevo que gestionar como una pacto sellado a la antigua.
Así fue que la inmensa nube desapareció y los
hombres y mujeres se acostumbraron, una vez más, a malgastar
su tiempo en banalidades y odios tan antiguos como el hielo. |
| (texto inédito de En
noches de luz y fuego) |
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